El cuerpo de Maradona al morir: un corazón de 503 gr, cirrosis, un posible Parkinson y sin “pleno uso de sus facultades mentales”

Duele. Y cómo. Repasar todas las dolencias físicas de Diego Armando Maradona es recorrer un campo de batalla. Palpar el desarrollo de una guerra de la que siempre creímos que saldría victorioso, con el 10 en la espalda. El 25 de noviembre de 2020, la realidad nos pegó un cachetazo. La lógica se impuso. Maradona era un hombre enfermo. Y murió.
Parece una cruel ironía, pero los integrantes de la Junta Médica que prepararon el informe sobre las causas de su fallecimiento son 11, como un equipo de fútbol. En las 70 páginas que elaboraron para los fiscales Cosme Iribarren, Patricio Ferrari y Laura Capra detallan el final. Aseguran que Maradona “comenzó a morir, al menos, 12 horas antes de las 12.30 del día 25/11/2020”. Según ellos, “presentaba signos inequívocos” de agonía prolongada, por no haber sido debidamente controlado “desde las 00.30” del día que falleció.
Los peritos apuntan esa y otras responsabilidades a los encargados de cuidar su salud, encabezados por el doctor Leopoldo Luque y la psiquiatra Agustina Cosachov: “el equipo médico tratante se representó cabal y acabadamente la posibilidad del resultado fatal respecto del paciente, siendo absolutamente indiferentes a esa cuestión, no modificando sus conductas y plan médico/asistencial trazado, manteniendo las omisiones perjudiciales precedentemente apuntadas, abandonando ‘a la suerte’ el estado de salud del paciente”. Por eso en el punto 2 de las conclusiones son lapidarios: “el actuar del equipo de salud a cargo que atendía a Diego Armando Maradona fue inadecuado, deficiente y temerario”.
Lo peor, señalan, es que dan por “verosímil que Maradona hubiera tenido chances de vida aumentada de haber sido internado en una institución de salud polivalente. A las claras está que ese no fue el caso… Fue una decisión deliberada y conociendo los riesgos (‘el gordo se muere en cualquier momento’ -en realidad la frase, dicha por Luque, fue “se va a cagar muriendo”-) que tomó el equipo de salud. En este punto es donde surge un conflicto de intereses, quien dirigía al equipo de salud tratante es quien gozaba plenamente de la confianza del paciente”. En este sentido, explican lo inexplicable: “A pesar de haber tenido una prescripción adecuada en dosis y posología para su trastorno toxicofrénico, no podemos descartar que esta medicación no haya influido en el desenlace fatal”.
Por supuesto, a nadie escapa que la clave de la mala salud de Diego pasaba por su corazón, algo golpeado, entre otras cosas, por una hipertensión arterial, una aterosclerosis leve en la carótida (según un Eco Doppler de vasos de cuello que le practicaron en la Clínica IPENSA de La Plata el 9-9-2020), el tabaquismo, la obesidad, el sedentarismo y su enfermedad renal crónica. Esto suponía un “riesgo cardiovascular intermedio/alto”. El trabajo de los peritos sostiene que “falleció de una insuficiencia cardíaca congestiva luego de un período agónico prolongado”, como se detalló. Su corazón pesaba 503 gramos, un 40 o 50% más que uno normal. Esto se traduce en una cardiopatía hipertrófica ventricular izquierda, agrandamiento de aurícula izquierda y disfunción diastólica asociadas a los sedimentos acumulados por años de consumo de cocaína y alcohol. “Resulta un corazón insuficiente para solventar las necesidades del organismo”, resumen.
Pero eso es, apenas, la punta del iceberg. Además, señalan los peritos que sufría “enfermedad de miocardio”, “patología del ritmo cardíaco” y una “coronariopatía”. Estos problemas del corazón ocasionaban el deterioro de otros órganos, como por ejemplo los riñones. Maradona tenía diuresis positiva y nicturnia (aumento de micciones durante la noche), un síntoma de patología cardíaca. También padecía insuficiencia renal e infecciones urinarias, con “valores de uremia y creatininemia elevados en numerosas oportunidades”. Y sumaba “glomeruloesclerosis, fibrosis, necrosis tubular aguda y congestión venosa”. Por supuesto, destacan la incidencia negativa que tuvo el “uso de sustancias tóxicas” como las drogas (que en varios párrafos coinciden que las dejó en el año 2000), el alcohol y los antiinflamatorios. Su riñón derecho pesaba 213 gramos y el izquierdo, 183.
Por su parte, en la sangre se detectó anemia crónica, asociada al déficit de fólico B12 e hierro y también dislipemia (hipertrigliceridemia, concentración elevada de grasas). El último análisis de colesterol, hecho el 3/9/20, dio 156 mg/dL, cuando el límite superior del rango normal se establece entre 130 y 159. Y en cuanto a sus pulmones, tuvo una internación por neumonía en el Instituto FLENI en 1999 y mostraban los efectos del tabaco.
El informe dedica especial atención a los padecimientos de la cabeza y el cerebro de Diego. La Junta Médica explica que el hematoma subdural crónico no ameritaba una neurocirugía de urgencia según las interconsultas con la clínica IPENSA de La Plata, donde lo descubrieron. Los peritos indican que Maradona “se hallaba evolucionando un cuadro compatible con una abstinencia alcohólica”. Y abren un paréntesis para advertir que “los alcohólicos son más propensos a formarlos (se refiere a los hematomas subdurales) que la población en general” y que la “atrofia cerebral parece ser un factor predisponente” para los mismos.

También en el cerebro de Maradona se indican áreas de hipoperfusión (provocada por la reducción brusca del gasto cardíaco) a nivel frontal bilateral, en lóbulos temporales con predominio izquierdo y en parietales y occipital derecho. Con este panorama, dicen “debería haberse dispuesto un seguimiento con controles y estudios cardiológicos, más aún con la medicación que se había indicado por sus abstinencia y dependencia alcohólica, que poseen efectos cardiotóxicos”. Otra vez, el equipo médico queda a la intemperie en estas contundentes páginas.
Esos medicamentos y sus dosis, indica el informe, eran los siguientes:
Quetiapina, 150 mg/día. Es un fármaco antipsicótico de baja potencia para “esquizofrenia, episodios maníacos y depresivos severos del trastorno bipolar”. Entre los muchos efectos adversos que se enumeran en el informe de la Junta Médica, está el aumento de peso, la hiperglucemia, alteraciones en el lenguaje y el pensamiento.
Naltrexona, 50 mg/día. Antagonista de los receptores opiáceos. Se indica para tratar la dependencia a sustancias alcohólicas. Sus efectos adversos son numerosos, tanto digestivos como neurológicos, lesiones en la piel y toxicidad hepática. En el informe se advierte que “no debe ser usado en forma concomitante con drogras ilícitas, opiáceos ni alcohol”. Como se reitera en la causa, esto no sucedía en la última morada de Maradona.
Gabapentina, 900 mg/día. Antimaníaco y estabilizador del ánimo “con gran potencial ansiolítico” pero sin contraindicaciones.
Venlafaxina, 75 mg /día. Antidepresivo. Como efecto adverso señala, por ejemplo, la arritmia.
Lurasidona, 40 mg/día. Psicofármaco antipsicótico, indicado en esquizofrenias y otras psicosis. Según la Junta Médica, se debe tener “especial cuidado con pacientes cardiópatas ya que prolongan el QT”, es decir, que el corazón lata rápido y de manera caótica. También puede producir edemas, parkinsonismo, aumento de peso y hasta ideas de suicidio.
Levetiracetam, 1000 mg/día. Anticonvulsivo. Se recomienda “precaución en pacientes con insuficiencia hepática, renal y depresión”, entre otras afeccciones.
Omeprazol, 20 mg/día, para la acidez.
Complejo de Vitamina B
Ketorolac (encontrado en estudios postmortem) Antiinflamatorio no esteroide. Como efectos adversos puede producir necrosis tubular aguda e hipertensión arterial.
Quizás la frase más triste de todo el informe es que Diego “no se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales, ni en condiciones de tomar decisiones sobre su salud” en los últimos tiempos. En forma tajante, colocan la responsabilidad nuevamente en el equipo conducido por Luque y Cosachov. Pero también, de soslayo, observan a la familia. Allí se lee que Maradona “era un consumidor problemático de sustancias, dependiente, con múltiples episodios auto y heteroagresivos, polimedicado psicofarmacológicamente al momento de la externación de la Clínica Olivos donde el equipo médico y la familia decidieron una ‘internación domiciliaria en el Barrio San Andrés de Tigre el día 11/11/202”. Y añade algo decisivo: “de hecho, en el documento firmado al momento de la externación de la Clínica Olivos no está plasmada la rúbrica del paciente. Esto se contradice con las excusas de los profesionales tratantes al manifestar que ‘Diego no se dejaba revisar’, es decir que decidían en forma negativa sobre su salud en algunas circunstancias que involucraban mantenerlo bajo estricta vigilancia con cuidados apropiados, estudios complementarios disponibles a toda hora; y por otro lado, dejaban que decida el paciente cuando este no quería recibir médicos para el seguimiento de su salud en una internación domiciliaria paupérrima”.

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