Los pies en la tierra

Cerca de casa hay una torre inmensa que en el último piso, en la terraza, tiene plantado un árbol. No es alto como los que se ven en las veredas, pero sí es un árbol con raíces, tronco y muchas hojas verdes, amarillas o castañas, según la estación. Un árbol en el que cualquier pájaro podría hacer un nido: llevar ramas finas de a una para montar un espacio cálido donde descansar, donde dejar de preocuparse. Lo vi hace poco, cuando volvía del trabajo. Y lo vi por casualidad. Estaba controlando que las ventanas del colectivo estuvieran abiertas porque para mí, y para mi desgracia, el coronavirus todavía no forma parte del pasado y entonces miré hacia arriba y ahí estaba, bello, abierto. Me hizo pensar en la soledad, en algo suave pero potente, como una cascada de agua que hace música cuando cae. Sí, fue eso, el árbol allí en la altura era una sinfonía.

Y también me hizo pensar en mi profesora de literatura rusa, una mujer según recuerdo de dientes grandes, ojos como pedazos fruta fresca, pecas en las mejillas y siempre un gesto de rebeldía pequeño, algunos mechones de su cabello cortados de forma despareja, algunos pintados de violeta. Una amante de la poesía. En clase ella solía sentarse sobre la mesa y decirnos una y otra vez una misma cosa: que miráramos hacia arriba cuando camináramos por Buenos Aires, que leyéramos la ciudad de manera vertical y alzáramos la vista para entender las capas del tiempo, la construcción en tramos, en pedazos de épocas que se iban encastrando sin ritmo para decir algo a quienes se tomaran el trabajo. Quién sabe qué.

Entonces yo, todavía en el colectivo, uní ese árbol con mi memoria de estudiante y creí que había llegado el momento de hacer caso, otra vez, esta vez a una persona que ya no forma parte de mi vida y es que a mí esto de acatar me resulta una cosa tan dada, un pilar de lo poco que pude conseguir hasta ahora, una vergüenza de la que no puedo desprenderme. Así que miré hacia arriba, aunque con miedo a tropezar en cualquiera lugar; miré hacia arriba, aunque no creo en las religiones ni quiero ilusionarme; miré por largo rato por encima de lo esperado y vi que uno de los restaurantes que más me gustan de ese boulevard que me encanta tiene una terraza repleta de plantas que le quedan muy bien. Vi que la calle redonda, que al ras tiene la fachada de un videoclub que no existe más, arriba está viva: es un salón de eventos para jóvenes con fe. Vi que el estacionamiento donde dejamos el auto tiene nueve pisos, que aún hay gente que cuelga arañas con muchas lamparitas en los techos (de esas que tenía mi abuela y que mi madre guarda para mí en un altillo), que la iglesia ubicada en la punta del parque tiene una torre no con una sino con dos campanas que no escuché, que la planta verde y violeta que puse en el balcón, esa que nació de un brote que una amiga se robó del bar de otro amigo, creció demasiado y se metió en lo de mi vecina de abajo, que debería podarla.

Hace unos días un amigo de mi novio fue a conocer un departamento en alquiler cerca de casa. Él vive en la zona sur del conurbano, donde vivíamos nosotros, pero quiere irse y lo entiendo. Cuando me contó que quedaba en el piso 28 lo primero que pensé y lo primero que dije fue que yo bajo ningún punto de vista me mudaría tan alto. A mí me enseñaron que hay que estar entre el tercer piso y el quinto, que quizá se acepta el séptimo, pero como excepción. Con dudas. Todo lo que esté por encima es un peligro que no puedo definir porque nunca me acerqué. Porque no supe ser pretenciosa. Porque moverme en este nivel me sirvió. Ahora que veo el árbol pienso: cuán grande es ese todo que me perdí, quién sería yo si me hubiera animado a alejarme un poco del suelo.

Cerca de casa hay una torre inmensa que en el último piso, en la terraza, tiene plantado un árbol. No es alto como los que se ven en las veredas, pero sí es un árbol con raíces, tronco y muchas hojas verdes, amarillas o castañas, según la estación. Un árbol en el que cualquier pájaro podría hacer un nido: llevar ramas finas de a una para montar un espacio cálido donde descansar, donde dejar de preocuparse. Lo vi hace poco, cuando volvía del trabajo. Y lo vi por casualidad. Estaba controlando que las ventanas del colectivo estuvieran abiertas porque para mí, y para mi desgracia, el coronavirus todavía no forma parte del pasado y entonces miré hacia arriba y ahí estaba, bello, abierto. Me hizo pensar en la soledad, en algo suave pero potente, como una cascada de agua que hace música cuando cae. Sí, fue eso, el árbol allí en la altura era una sinfonía.Y también me hizo pensar en mi profesora de literatura rusa, una mujer según recuerdo de dientes grandes, ojos como pedazos fruta fresca, pecas en las mejillas y siempre un gesto de rebeldía pequeño, algunos mechones de su cabello cortados de forma despareja, algunos pintados de violeta. Una amante de la poesía. En clase ella solía sentarse sobre la mesa y decirnos una y otra vez una misma cosa: que miráramos hacia arriba cuando camináramos por Buenos Aires, que leyéramos la ciudad de manera vertical y alzáramos la vista para entender las capas del tiempo, la construcción en tramos, en pedazos de épocas que se iban encastrando sin ritmo para decir algo a quienes se tomaran el trabajo. Quién sabe qué.Entonces yo, todavía en el colectivo, uní ese árbol con mi memoria de estudiante y creí que había llegado el momento de hacer caso, otra vez, esta vez a una persona que ya no forma parte de mi vida y es que a mí esto de acatar me resulta una cosa tan dada, un pilar de lo poco que pude conseguir hasta ahora, una vergüenza de la que no puedo desprenderme. Así que miré hacia arriba, aunque con miedo a tropezar en cualquiera lugar; miré hacia arriba, aunque no creo en las religiones ni quiero ilusionarme; miré por largo rato por encima de lo esperado y vi que uno de los restaurantes que más me gustan de ese boulevard que me encanta tiene una terraza repleta de plantas que le quedan muy bien. Vi que la calle redonda, que al ras tiene la fachada de un videoclub que no existe más, arriba está viva: es un salón de eventos para jóvenes con fe. Vi que el estacionamiento donde dejamos el auto tiene nueve pisos, que aún hay gente que cuelga arañas con muchas lamparitas en los techos (de esas que tenía mi abuela y que mi madre guarda para mí en un altillo), que la iglesia ubicada en la punta del parque tiene una torre no con una sino con dos campanas que no escuché, que la planta verde y violeta que puse en el balcón, esa que nació de un brote que una amiga se robó del bar de otro amigo, creció demasiado y se metió en lo de mi vecina de abajo, que debería podarla.Hace unos días un amigo de mi novio fue a conocer un departamento en alquiler cerca de casa. Él vive en la zona sur del conurbano, donde vivíamos nosotros, pero quiere irse y lo entiendo. Cuando me contó que quedaba en el piso 28 lo primero que pensé y lo primero que dije fue que yo bajo ningún punto de vista me mudaría tan alto. A mí me enseñaron que hay que estar entre el tercer piso y el quinto, que quizá se acepta el séptimo, pero como excepción. Con dudas. Todo lo que esté por encima es un peligro que no puedo definir porque nunca me acerqué. Porque no supe ser pretenciosa. Porque moverme en este nivel me sirvió. Ahora que veo el árbol pienso: cuán grande es ese todo que me perdí, quién sería yo si me hubiera animado a alejarme un poco del suelo.

 29 total views,  5 views today

Deja una respuesta

Next Post

Iván de Pineda, entre sus nuevos viajes, la falta de rutina y la “eterna juventud” a los 45: “Sigo aprendiendo”

Dice que los años aplacaron su verborragia solo un poco, pero su curiosidad está intacta. Iván de Pineda supo unir sus deseos y ambiciones con […]
error: Content is protected !!
A %d blogueros les gusta esto: