“A un año de la muerte de Gerónimo Venegas”

Cuando se cumplió un año de su fallecimiento, o sea hace cuatro años atrás, redacté estas líneas en alusión a la figura de Gerónimo “Momo” Venegas.
Este próximo domingo 26 se estarán cumpliendo cinco años de su desaparición física, para lo cual se oficiará una misa en su memoria, a las 11 hs, en la Parroquia del Carmen de Necochea.
Aquellas líneas, con el mismo título de junio de 2018 -a un año de su muerte- quisiera reiterarlas, con algún que otro retoque para no quedar tan desfasado, habida cuenta el significado que tuvo el paso entre quienes lo conocimos al estimado Momo.
Invito a leer -o sea releer- lo redactado tiempo atrás

“El próximo (domingo) 26 de junio se cumplirá el primer aniversario de la muerte de quien en vida fuera Gerónimo Venegas, cuyo apodo, Momo, lo caracterizó desde niño hasta el final de sus días, circunstancia que se produjo hace casi un año en su casa del Barrio Aguas Corrientes.
Su deceso fue a consecuencia de un cáncer. Hasta el último suspiro estuvo acompañado de su familia y de un reducido grupo de amigos y allegados bien cercanos.
La noticia que se conoció en la lluviosa noche de aquel lunes 26 de junio de 2017 tuvo certeza poco después de las 22 cuando en las jornadas previas arreciaban los rumores relacionados a la profundidad de la enfermedad, a la que el hombre le disputó cada momento con la fiereza y la entereza que singularizó su vida.
Días atrás a su fallecimiento Momo Venegas ya se había despedido de sus actividades en Capital Federal. “Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires”, fue uno de sus tantos lemas y frases.
La citada grafica desde dónde miraba las cosas y ejecutaba sus acciones.


Pero Venegas eligió pasar su etapa final junto a los suyos, en su ciudad.

Con este hecho escrituró su comprobado amor por esta tierra que lo vio nacer y morir.
El día anterior, el domingo 25 de junio de 2017, pudo darse el gusto de ver plasmado posiblemente lo que para muchos fue su último deseo: ver el mar, más no sea por unos minutos.


Su cuñado, Luis Andino, fue quien lo condujo en una camioneta aquella mañana de domingo para que ese cuerpo ya frágil pudiese observar nuestro mar, sus olas, el color del agua, oteando con esos ojos que se estaban apagando esas Necochea y Quequén a las que Momo adoró y quiso con intensidad.


Estas comunidades fueron las que lo quisieron y lo desairaron en reiteradas ocasiones, en un cruce de emociones que iban y venían según la conveniencia y el interés de cada parte, tanto la de Venegas como de sus habitantes.


Uno y otros disputaron por décadas un juego que debería ser analizado por especialistas en vínculos entre un poderoso y sus coterráneos espectadores.
Convivir con los atributos de un caudillo, gremial y peronista, fue todo un desafío para esta comarca bonaerense.


Reconocido peronista, dirigente sindical de base, seguidor en el plano nacional de los legados de José Ignacio Rucci y de Lorenzo Miguel, Gerónimo Venegas entregó su vida a la carrera gremial y política.
En el muy particular cosmos del sindicalismo argentino fue admirado, respetado y querido. Hombre de consulta de todos los estratos gremiales se llegaron a sus oficinas para llevarse consejos, sugerencias y directivas.


Siempre a favor de acumular poder, dicen los que razonan la cuestión.
Una pila de información valida esta apreciación: “Argentino hasta la muerte”, podría ser la síntesis de alguien que, pese a quienes lo despreciaron públicamente en vida y se lo hicieron saber, se consideraba un patriota puro por cruza, defensor del legado político de Juan Domingo y Eva Perón.


Reconocido como un feroz trabajador y con antecedentes de carencias que cargó desde su niñez, siempre quiso ser un ejemplo en cada cosa que emprendió.


A ello le sumó la cualidad de metedor y corajudo, defensor de lo suyo y de quienes lo rodeaban.
Aquellas privaciones no lo empujaron a la inquina, rabia o desprecio: las mudó hacia la defensa de los más humildes.


Y no de pico, sino plantando su cuerpo y su mente a favor de la búsqueda de soluciones mediatas de sus afiliados y de aquellos postergados y sufrientes que la vida puso en su camino.
Otra larga andana de hechos valida estas líneas.


Ese alcanzado cénit y despegue hacia la plenitud de lo que fue en Necochea y Quequén su conocida vida pública, al igual que buena parte de la privada, empezó a darse a partir de ser consagrado delegado local de los trabajadores rurales.


Y se disparó al ring del poder nacional al ser nombrado secretario general de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (UATRE), particularidad que se potenció aún más al momento de pasar a administrar los destinos y el rumbo de Osprera, la obra social del gremio.


La militancia sindical y política las abrazó, a la par, desde la Juventud Sindical Peronista que lo encontró activo en aquella convulsionada década del ’70, años bravos, por cierto.


Y hasta la pasada dictadura militar lo tuvo a Venegas en su lista, cuando lo buscó y por aquí lo encarceló, debido a su acción en defensa de los trabajadores.


Fueron esas las épocas de siembra de esa peculiar luz que emanó de su diferente figura y personalidad, la que se hacía oír en los galpones de acopio, en las ruedas de esquila, en las mañanas destinadas a alambrar amplios lotes rurales, o en esas calurosas tardes, noches o amaneceres en que los hombros de los hombres eran el único transporte de centenares de bolsas de cereal que iban de un lado a otro.


Fue en ese ámbito, en esas ruedas de peones y de paisanos, en las que Momo exhibió –lo homologan voces confiables, fuentes sanas y llenas de admiración- una cualidad laboral distinta.


Parecía que el hombre competía contra todo y todos, buscando superarse cada día, como si ese lejano y brillante destino -que se le dio mucho tiempo después- siempre lo hubiese chuzado, invitándolo a no aflojar ni un tranco a favor del trabajo y mucho menos en esa toma y daca que lo encontró cuando lo citaban a defender los “garbanzos” propios y ajenos.


En la presente vida democrática no menos importante fue en su vida ser partícipe y activo militante de las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas de Necochea, reuniones sabatinas vespertinas llevadas adelante en uno de los locales de la Galería Zulberti.


Y ni qué hablar de aquella bendición que le brindó en Necochea cuando ya estaban las condiciones dadas para hacerse de la conducción nacional de las 62 que provino del mismísimo Lorenzo Miguel (“El loro”).


Ya por entonces estaban operativas las oficinas de 53 y 64.
Verle la cara a Momo Venegas, en ese breve acto sabatino con Miguel a su lado, y con Julio Raele en calidad de observador, era presenciar a un niño disfrutando a pleno una gigantesca felicidad, casi fuera su cumpleaños.


Esa risa inigualable, propensa siempre a estar atenta a la chanza, con máximas surgidas del trabajo rural y de las ruedas de mate en los que los hombres hablan sin micrófonos ni cámaras ni grabadores, marcaban la originalidad de su genio y, por ende, de su temperamento.


El boxeo y el automovilismo fueron su pasión en materia de deportes.
Y una fila de fotogramas de décadas pasadas lo informa presente junto a numerosos galgos y caballos.
Escuchador profesional, era de llevarse las dos manos a la cara, como si estuviese rezando, en aras de prestar severa atención a su interlocutor.


Se concentraba esos segundos, en una observación profunda y aguda relacionada sola y exclusivamente al tenor y a la calidad de la eventual charla.
Su inteligencia pasaba por hallar pronta y rápidamente solución a los dramas, a los problemas, a los dilemas que la gente de todo color y pelaje le dejaban como resultado de cada entrevista.


Y siempre con un vaso de agua a su lado, en esa impresionante oficina porteña –donde pasaba más de 10 ó 12 horas trabajando-, rodeada de recuerdos de la historia del peronismo y de su amada argentina.
Dicen los que conocen de la historia política necochense que la influencia de Momo Venegas, en cuestiones de carácter provincial y nacional, habría sido incluso superior a la que tuvo un secretario privado que acompañó al ex presidente de la nación Alejandro Agustín Lanusse, de fuerte presencia en la vida institucional local, en esa hoy lejana dictadura de inicios de la década del ’70.


Gerónimo Venegas concentró poder político, sindical y económico a un nivel tan prominente que gravitó directa o indirectamente, de una o de otra manera, en casi todas las decisiones locales que se produjeron en los últimos 25 años en el acontecer necochense. Hombres y mujeres de negocios visitaban tanto a la autoridad pública de turno como lo hacían con Momo, relatando sus metas y objetivos.


Se situó, también y en calidad de socio derrotado, al lado de cada uno de los candidatos a intendentes que avaló y bancó –leal como pocos-, en las que fueron las últimas cuatro competencias para hacerse del Departamento Ejecutivo municipal necochense. Dan fe de ello Marcelo Rodríguez Olivera (2003), Gastón Guarracino (2007), Roberto Rago (2011) y Pablo Aued (2015).


Vivió, sí, el notable triunfo electoral de la reelección de Julio Municoy en el comicio general de 1999, pero la posterior derivación de los sucesos institucionales que parieron desde aquella criticada licencia del médico le fue achacada a ambos por igual.


Y desde allí, cuando se convocó a la gente a sufragar por un nuevo intendente, los respaldados por Venegas se encontraron con las conocidas derrotas.
Pese a ello, su poder político y gremial nunca decreció, sino que fue aumentando jornada tras jornada, junto al viento a favor que lo llevó a cada oficina de importancia de Buenos Aires y La Plata, circunstancias que, inevitablemente, lo elevaron por encima de la media de la dirigencia local.


Las secuelas de su ejercicio por hacerse del poder democrático necochense no fue óbice para acreditarse una frase supuestamente escuchada cerca suyo, esa que con sus más y sus menos tomó fuerza y razón, en este incipiente derroche de conceptos que en este tiempo se han ido apilando: “El poder pasa por aquí”, refiriéndose a su posición en la pirámide política.


Muchos, demasiados, pusieron estas palabras en su boca, algo que pudo hallar cierta validez al tomarse nota del relato de personas sabedoras de muchísimas decisiones políticas y de connotación privada que se fueron dando con él en vida. Claro que con Momo sentado y ordenando estas y otras cuestiones de envergadura en sus oficinas de Osprera nacional, ubicadas en ese famoso cuarto piso de Reconquista 630, hoy remozadas, totalmente diferentes y ocupadas por Ramón Ayala.


¿Fue más importante, en estos tiempos democráticos, que Daniel Molina, Horacio Tellechea, José Luis Vidal y Facundo López, intendentes que convivieron con Venegas desde 2003 hasta su muerte, teniéndolo a Momo como contrincante, o si se quiere decir: del otro lado del mostrador? Para muchos sí, para otros no.


La balanza de la respuesta se la puede encontrar en las consideraciones de los citados. El primero, radical, lo situó como expreso rival político. No así lo hicieron los demás, y menos aún el actual jefe comunal Facundo López (NdR: este texto fue redactado en junio de 2018), quien era de hablar con Momo, y de cambiar conceptos y reflexiones mucho más de lo que la gente conoce.


Necochea siempre lo miró de costado a Gerónimo Venegas.
Se dice más arriba que hubo gente que lo estimó “a rabiar”, pero también convivió con un sector de la sociedad que le puso a distancia cuando llegaban los momentos de acompañar, votando, a sus candidatos a intendentes.


Fue muchas veces la misma gente que le tocaba el timbre para obtener una audiencia, o ese público interesado en la apertura de una puerta difícil de abrir, o esos vecinos deseosos de ver cristalizado algún beneficio comunitario o privado.


Momo siempre entendió que la cosa fue así y con esa relación vivió hasta los últimos de sus días, sabedor que la etapa final lo ubicó en el Olimpo de la política nacional cuando, por ejemplo, fue la celebración 2017 por el Día del Trabajador.


Ese hecho lo halló brindando un discurso alusivo a la fecha (mayo de 2017) junto al presidente de la Nación Mauricio Macri y con buena parte del gabinete del gobierno federal.


Esa foto de hace un año y pico resultó, posiblemente, en la alegría más importante de ese chico surgido de los arrabales de Necochea –el Momo- quien estaba exitosamente culminando su paso por la vida, por la política, por el sindicalismo, por esa persistente puja en aras de acumular poder.


Militó en el peronismo hasta que entendió que no había cabida para su ideario, su manera de ver y de ejercer la política, y de allí saltó a su última creación: el Partido FE, conocida como “la pata peronista” de Cambiemos, frente político que hoy gobierna la Provincia de Buenos Aires y la República Argentina (NdR: se renueva el concepto de que esto fue redactado en junio de 2018).


Leal e incondicional a morir, fiel a su palabra, amigo de esos que siempre están, devoto de santos y de vírgenes incontables, partidario de la broma y de la chacota, fiel de quienes fueron sus acompañantes por décadas, cargó hasta el final de sus días con una memoria increíble.


Podía detectar detalles surgidos desde lo más lejano del túnel del tiempo, que iban de saberse los nombres propios de personas variadas, situadas estas en el Norte, Oeste, Sur y Este del país, como si la Argentina, la del mapa, haya sido su abstracta residencia.


Claro que su debilidad fue Necochea y Quequén.
Apasionado de estas ciudades, cada fin de semana se llegaba por aquí a descansar y a disfrutar de las bondades naturales, no sin antes practicar su deporte preferido (no, no es el ping pong): el ejercicio de la política y el poder.


Una “cola” de kilómetros de gente pudo siempre contar con su ayuda humanitaria: aviones sanitarios a disposición, remedios, internaciones, atenciones de profesionales de relevancia nacional e internacional, estadías en ciudades a elegir, para atender enfermedades, y todo sin chistar, sin preguntar para quién.
En este combo de atenciones nunca dudó ni un segundo. Ese teléfono, abierto y disponible, hoy no existe.


Los que le ponían cara agria, o sea sus detractores, eran aquellos a los que él personalmente muchas veces iba a buscar en aras de cautivarlos, en un procedimiento de captación donde echaba mano a su candidez e incluso, de ser necesario, era de meter mano en el bolsillo. ¿Así? Sí, así, sin vueltas, todo en la intención de sumar y sumar voluntades, en una maratón militante que no cejó nunca.


Cuando muchos hablan y se llenan la boca disertando de progresismo, Gerónimo Venegas podría considerarse un revolucionario en cuanto al análisis y a las conclusiones sobre qué había que hacer con agenda política pública necochense.


Chocó muchas pero muchas veces con esta sociedad necochense hiper conservadora, casi fanática de que nada debe tocarse ni moverse de lugar.
Su apetencia por los cambios que provocaba realizar terminaba de tanto en tanto de asustar a propios y extraños.


La mirada desde Buenos Aires y el cotejo de haber recorrido otras ciudades del mundo, con iniciativas sociales y económicas de avanzada, lo convirtieron en un atrevido para la dureza de las mentes locales.
Los logros gremiales y políticos le generaron una suficiencia, una seguridad y una voracidad que le dio incluso porte para pelearle cara a cara a esa muerte a la que no le fue fácil llevárselo así porqué sí.


Darán fiel testimonio de los desafíos por innovar y por acometer proyectos e iniciativas reformistas los muchachos y muchachas más jóvenes que, militantes del medio, habrían tomado certera nota cuando los empujaba casi al precipicio de sus tibias ambiciones. Ni hablar de aquellos que lo contemplaron siempre de lejos, como si la competencia –política al fin- fuese una cuestión de piel y no de pensamientos.


Símil a un ferviente religioso, entregó la vida a su carrera gremial y política. De esto sabe bien su familia. Desde aquellos albores de “gamulan” y autos bien económicos, hasta los tiempos mejores con la sencilla vestimenta que lo caracterizó jugando en primera: camisa, pantalón jean, zapatos y una campera.


Los trajes y ese frac español –acompañando a Macri a España y que vistió tiempo antes de morir- fueron las últimas fotos que su recorrido nos brindó, en la función de acompañante oficialista de ceremonias y convites presidenciales.


Querido y repelido a la vez nunca fue ignorado y menos desatendido. Referentes de todas las expresiones políticas argentinas lo tuvieron en cuenta.


Mucho más cosechó y le brindó ese particular mundo del sindicalismo argentino que, más lejos o más cerca de su ideario político y del ejercicio gremial, lo reconoció como uno de esos caciques que nacen de vez en cuando.


Su ausencia física marcó desde hace un año (de 2017 a 2018) a esta parte una suerte de etéreo límite en el acontecer político y privado de Necochea, algo que continúa queriendo buscar forma y vida propia.
La respuesta de quién podría suplir su ausencia sigue vacía de contenido.


Son esas personas que aparecen ocasionalmente y con su partida física se viene probando que nada ni nadie ha podido reemplazar esa descomunal sombra de poder y de ascendencia.


Nuestra ciudad se sigue acomodando a esta realidad, en una normalización de conducción y de liderazgos políticos que, reconocen muchos, llevará su tiempo.
Falleció cuando tenía 75 años de edad. Había nacido en nuestra ciudad el 22 de agosto de 1941”.

Por Jorge Gómez

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