Otra semana crítica para el dólar blue: trastienda de los días que cambiaron la vida de los argentinos

Alberto Fernández estuvo reunido más de dos horas con la ministra de Economía, Silvina Batakis, y el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, el jueves a la noche en la Quinta de Olivos. Intentaban acordar qué medidas pondrían en marcha para contener la escalada del dólar blue, que subió casi $100 desde que Martín Guzmán dejó el Gobierno.

Se trató de un intercambio de desencuentros. Batakis está abierta a la idea de aplicar un desdoblamiento cambiario (varias cotizaciones oficiales para un mismo bien, el dólar) durante una ventana temporal específica y sobre bienes determinados. Pesce, en cambio, le insistió a Fernández en que decisiones de ese tipo implican desatar demonios incontrolables. No son parte de su agenda.

Un encuentro con los mismos invitados ocurrió anteayer, pero en la Casa Rosada. Alberto Fernández está en una encrucijada. El jueves por la noche, estaba a punto de aceptar la propuesta de la ministra, y el viernes hubo contactos entre Batakis, Pesce y Vilma Ibarra, la secretaria Legal y Técnica, eventual autora de una nueva norma. Pero la posición que había ganado terreno a mitad de la semana se diluía ayer por la tarde, tras la reunión de Cristina Kirchner con el Presidente.

Hay diversas alternativas que estarán bajo análisis hasta último momento. La ministra acepta convalidar un dólar más alto para los productores de soja con vistas a que apuren exportaciones y doten de recursos al Banco Central. Todo eso, a cambio de que vendan su producción en determinado tiempo. Sería la oferta de un nuevo mercado de cambios, más alto que el dólar oficial, pero menor al contado con liquidación.

El Gobierno cree que en los silobolsas hay más de US$14.000 millones sin liquidar, algo que le restaría temperatura a la fiebre del dólar. El problema está en el precio, como con casi todo en economía. Un productor recibe hoy $91 por cada dólar que le vende al Banco Central, pero tendría que poner $337 para recomprarlo en un arbolito de la calle Florida. El comportamiento racional es no vender. Se trata de matemática fácil para un chico de 10 años, pero inexpugnable para la calculadora ideológica del cristinismo.

También está en estudio aplicar un tipo de cambio, más caro, para los pagos de bienes suntuarios, y sigue abierta la posibilidad de hacer lo mismo con quienes tienen consumos en el exterior con tarjeta de crédito. Sería la demanda del mercado que del otro lado tendría a la oferta de la soja.

Pesce espera evitarse esos sinsabores. Está convencido de que sus problemas cambiarios se terminarán cuando dejen de salir dólares para pagar importaciones de energía. Tiene que llegar hasta septiembre.

Los últimos cinco días convalidaron los peores presagios del Presidente. Alberto Fernández lanzó una ronda de consultas informales entre personas de máxima confianza al final de la semana que había comenzado con la jura de Silvina Batakis. Buscaba despejar los motivos del encarecimiento del dólar, pero estaba particularmente sorprendido por uno en particular. “¿Por qué sube el contado con liqui?”, preguntó varias veces. La respuesta fue similar a la que daba el propio Fernández antes de cerrar su sociedad política con Cristina Kirchner. Se puede decir que tuvo una actitud premonitoria, si bien eso no lo condujo hasta ahora a tomar medidas para enfrentar la crisis.

El denominado contado con liquidación se usa para sacar plata del país de manera legal. Cuesta más del doble que el oficial, un precio que muchos están dispuestos a pagar a cambio de tener la libertad de comprar.

La sorpresa por el dólar se extiende hasta la vicepresidenta y Sergio Massa. Les resulta difícil comprender por qué el mercado penalizó la salida de Martín Guzmán, una persona por la que tenían tan poca estima, y liquidó el crédito de la sucesora antes incluso de que se familiarizara con su nueva oficina.

Los números son dramáticos. El viernes, el paralelo cerró a $338, en comparación con los $239 del último día de su antecesor en el cargo. Dicho de otro modo: casi un tercio del valor de lo que paga un argentino por el blue se construyó en las tres semanas de Batakis en el Ministerio.

El manejo de la crisis cambiaria está marcado por las oscilaciones de la relación entre Economía y el Banco Central. Pesce se siente más a gusto con Silvina Batakis que con su antecesor, Martín Guzmán, quien trabajaba desde octubre de 2020 para ganarle metros a la costa de la entidad monetaria.

En un viaje en avión con Alberto Fernández, Guzmán lo había convencido de darle más poder para manejar la política cambiaria. El ministro asumió mayor protagonismo, propuso vender bonos y bajó la cotización del contado con liqui que ahora volvió a preocupar al Presidente.

Guzmán le repitió el pedido el jueves 30 de junio. Dos días después, renunció. Es razonable que Pesce prefiera a Batakis, a quien casi no conoce. Eso no impide, sin embargo, que haya descoordinaciones y tensiones crecientes que emergen al calor de una situación que se desgrana.

El presidente del Banco Central había llegado el jueves por la mañana al Ministerio de Economía con una victoria casi asegurada. Se imponía su posición de no desdoblar el tipo de cambio. Pesce terminó de convencer a Batakis con un mensaje cercano a sus sentimientos: le puso de ejemplo lo que ocurrió cuando Alfonso Prat-Gay unificó los tipos de cambio, en diciembre de 2015, con Mauricio Macri recién llegado a la Casa Rosada, para mostrar el alto costo que implica salir del desdoblamiento.

En aquel momento el dólar oficial tendió a converger con el blue, mucho más alto, y el año siguiente terminó con una inflación que superó el 40%. Son palabras que desde hace tiempo la ministra siente como propias.

El resultado del triunfo de Pesce fue la implementación de un nuevo dólar para los turistas, una receta homeopática para atender la mayor descompensación cambiaria en la era del Frente de Todos. Malas noticias para los bancos: pretendían registrar una operación diaria para todas las ventas cada 24 horas que se hicieran bajo esa modalidad. No los dejaron.

El último triunfo de Pesce le sirve para compensar un desaguisado anterior. El presidente del Banco Central se enteró cuando estaba en el estudio de C5N que Mercedes Marcó del Pont, la titular de la AFIP, había subido de 35% a 45% la retención del impuesto a las Ganancias a la compra con tarjeta de bienes y servicios en el exterior. Era la noche del miércoles 13, y la falta de información generó molestia en la cúpula de la entidad monetaria porque evidenció su desconocimiento sobre el propio juego: el manejo del dólar. Pesce había dicho cinco días antes que no tenían en mente aplicar ninguna medida como la que se acababa de anunciar. Su victoria, sin embargo, podría haber durado solo unos días.

El presidente del Banco Central está haciendo un trabajo más silencioso a ambos lados de la ventanilla del dólar. Recibe a empresarios que le piden billetes y obtienen resultados diversos, pero también mantiene abierto el diálogo con las terminales de Ciara, la cámara de la industria aceitera. Sigue el lema del general Perón: espera persuadirlos para que liquiden sus exportaciones antes de documentar esa necesidad en una nueva resolución. No está logrando todo lo que las reservas necesitan.

Pesce podría tener una novedad importante la semana próxima en una agenda paralela. En Brasil se hará en los próximos días una reunión de Bancos Centrales. La Argentina espera agilizar el mecanismo para que el comercio entre ambos países se hagan en las monedas locales, sin pasar por el dólar.

Daniel Scioli no quiere quedar afuera de la gestión. Días atrás viajó a su anterior destino como embajador y escuchó de Josué Gómez Da Silva, presidente de la Fiesp (la principal central fabril del país), la molestia que despierta en los empresarios brasileños trabajar con la Argentina por los cepos. Antes, había tenido una teleconferencia con Paulo Guedes, el ministro de Economía de Jair Bolsonaro. La Unión Industrial Argentina (UIA) espera ver los resultados de esas negociaciones en los días siguientes.

La vicepresidenta tiene dos grandes temores relacionados con la economía. Uno de ellos es el dólar. Cree que una corrida puede terminar con un gobierno. Cristina Kirchner transmite sus temores en las reuniones semanales con Fernández y Massa. En ese punto no hay fractura con el Presidente.

La otra aversión de Cristina Kirchner es relativamente nueva. La asusta pasar a la historia como parte de la fórmula presidencial que llevó la inflación por encima de la que dejó Mauricio Macri. Es un traje a rayas que se pondrá este año y difícilmente pueda sacarse. Los sondeos más serios anticipan que la suba de precios alcanzará el 90%, de manera que arrancaría 2023 con un estratosférico piso de 6% mensual.

Silvina Batakis orientó la gestión para apagar los miedos de la vicepresidenta. La ministra intenta ser el nuevo pegamento del Frente de Todos. Habla casi todos los días con Cristina Kirchner, con Alberto Fernández y con Sergio Massa, casi sin hacer distinciones entre el peso político que cada uno tiene en el Gobierno. Dice y escucha, envuelta en la suerte de la desgracia. Después del trágico fin de semana en el que renunció Guzmán, la política parece algo más dispuesta a ser cuidadosa, como sugiere Batakis.

La ministra de Economía dio una primera orden: rebobinar las pizarras hasta el momento en que se fue su sucesor. La Secretaría de Comercio Interior contrata un servicio que muestra la serie diaria de alta frecuencia de precios de miles de productos. En algunos casos, desnudó subas del 40% entre un viernes y un lunes, sin que haya cambiado nada en el país más que el titular del Palacio de Hacienda.

Es la primera misión imposible de Antonio Mezmezian, un excolaborador de Roberto Feletti que volvió con fuerzas renovadas como número dos de esa cartera: uno a uno, hablará con grandes formadores de precios para convencerlos de que retrotraigan los valores como si nadie hubiese renunciado.

Cristina Kirchner decidió involucrarse más en la gestión de la economía. El problema es que cayó en su propio pecado: terceriza su palabra a través de terminales afines, en secreto, cuando el mercado le está pidiendo un apoyo explícito a la idea de hacer solvente al Estado. Lo hace sin que casi nadie se entere, a través de emisarios de confianza que influyen informalmente en algunas ideas estratégicas y conversaciones cara a cara con Alberto Fernández y Sergio Massa, el articulador. A tal punto que el presidente de la Cámara de Diputados sufre bromas incómodas desde el Frente Renovador. Lo acusan de tener una agencia de mediación más que un partido político.

Una muestra del nuevo modelo de gestión se vio el 12 de julio. Scioli relanzó una mesa de promoción de la industria del videojuego. Estuvieron invitados, entre otros, Tristán Bauer (Cultura), Florencia Saintout (titular del Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires) y Augusto Costa, el par de Scioli en la gobernación de Axel Kicillof. Es una composición íntegramente kirchnerista.

Costa quedó atrapado en las casualidades de la burocracia. Minutos después del encuentro al que había sido invitado, Scioli lo sumó a una reunión con los dueños de los supermercados para discutir cómo ponerle un límite a los aumentos. El hombre de Kicillof, que entró a esa reunión por la ventana, dominó la charla con sus viejos conocidos, pese a la presencia del secretario de Comercio Interior, Martín Pollera, también activo, y hasta les preguntó: “¿Están sorprendidos de verme?”.

Tras el paso por Producción, Costa se fue a ver a la ministra de Economía, Silvina Batakis, que heredó esta semana de Scioli la cartera a cargo de controlar los precios. También estuvo Pollera. La misma escena no podría haber ocurrido antes. Tras la firma del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, Cristina Kirchner canceló las comunicaciones con Martín Guzmán. Por imitación, sus funcionarios más leales, como Kicillof, congelaron la relación con el exministro.

El equipo económico está especialmente concentrado en que quienes le prestan a la Argentina superen las tribulaciones que mostraron en junio. Batakis tiene marcado con rojo los días del calendario. En la semana que arranca mañana comenzarán a caer vencimientos que serán gravitantes para el futuro del dólar, de la inflación y de su propia gestión.

Según un cálculo que circula por despachos públicos, Economía debe renovar 120% de los vencimientos que le quedan hasta fin de año para reducir el dinero que le pide al Banco Central, que presiona sobre la suba de precios.

La misión está a cargo de Lisandro Cleri, jefe del comité asesor de la deuda y un personaje a quienes sus compañeros le adjudican un conocimiento mayor que el resto sobre el mercado. A él se suma el secretario de Finanzas, Eduardo Setti. Ambos mantienen desde hace días reuniones periódicas con banqueros para que no cierren el grifo del crédito. En ocasiones, se suma algún otro emisario.

Cleri, Setti y Agustín D’Attellis, hombre de Alberto Fernández en el Banco Central, se reunieron hace 10 días en Economía con una delegación liderada por Claudio Cesario, Javier Bolzico y Marcelo Mazzón (representan a los bancos extranjeros, los nacionales y los públicos). Los funcionarios escucharon y volcaron el mensaje acordado con Batakis: armarán combos que combinarán tasas reales positivas, instrumentos atados al dólar y ajustables por inflación para que sean atractivos.

Los ejecutivos financieros mostraron sus gustos. Prefieren los bonos que ajustan por CER. Es lo mismo que decir que están preocupados por la inflación. La gimnasia precompetitiva serán los vencimientos a fin de mes, pero la verdadera prueba para el equipo económico ocurrirá con las licitaciones de septiembre. Si esa jugada sale mal, habrá más presión sobre el dólar.

Los nombres que rodean a Batakis encierran una paradoja. Massa, cuyo plan para desembarcar en el Poder Ejecutivo no prosperó hasta ahora, llenó los casilleros del equipo más estratégico para el Frente de Todos. Cleri, Federico D’Angelo -ahora maneja las inversiones de la Anses- y Pablo Carreras Mayer, que se sumará en los próximos días al directorio del Banco Central, pasaron por la escuela de gobierno del Frente Renovador. Al igual que Setti y Guillermo Michel (Aduana), que se le cayeron a Miguel Pichetto de los tiempos de Alternativa Federal.

Batakis asegura que tiene claro un camino. Su amenaza es que la conducción política le marque dos huellas distintas a seguir. Es lo que terminó extraviando a su antecesor.

Alberto Fernández estuvo reunido más de dos horas con la ministra de Economía, Silvina Batakis, y el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, el jueves a la noche en la Quinta de Olivos. Intentaban acordar qué medidas pondrían en marcha para contener la escalada del dólar blue, que subió casi $100 desde que Martín Guzmán dejó el Gobierno.Se trató de un intercambio de desencuentros. Batakis está abierta a la idea de aplicar un desdoblamiento cambiario (varias cotizaciones oficiales para un mismo bien, el dólar) durante una ventana temporal específica y sobre bienes determinados. Pesce, en cambio, le insistió a Fernández en que decisiones de ese tipo implican desatar demonios incontrolables. No son parte de su agenda.Un encuentro con los mismos invitados ocurrió anteayer, pero en la Casa Rosada. Alberto Fernández está en una encrucijada. El jueves por la noche, estaba a punto de aceptar la propuesta de la ministra, y el viernes hubo contactos entre Batakis, Pesce y Vilma Ibarra, la secretaria Legal y Técnica, eventual autora de una nueva norma. Pero la posición que había ganado terreno a mitad de la semana se diluía ayer por la tarde, tras la reunión de Cristina Kirchner con el Presidente.Hay diversas alternativas que estarán bajo análisis hasta último momento. La ministra acepta convalidar un dólar más alto para los productores de soja con vistas a que apuren exportaciones y doten de recursos al Banco Central. Todo eso, a cambio de que vendan su producción en determinado tiempo. Sería la oferta de un nuevo mercado de cambios, más alto que el dólar oficial, pero menor al contado con liquidación.El Gobierno cree que en los silobolsas hay más de US$14.000 millones sin liquidar, algo que le restaría temperatura a la fiebre del dólar. El problema está en el precio, como con casi todo en economía. Un productor recibe hoy $91 por cada dólar que le vende al Banco Central, pero tendría que poner $337 para recomprarlo en un arbolito de la calle Florida. El comportamiento racional es no vender. Se trata de matemática fácil para un chico de 10 años, pero inexpugnable para la calculadora ideológica del cristinismo.También está en estudio aplicar un tipo de cambio, más caro, para los pagos de bienes suntuarios, y sigue abierta la posibilidad de hacer lo mismo con quienes tienen consumos en el exterior con tarjeta de crédito. Sería la demanda del mercado que del otro lado tendría a la oferta de la soja.Pesce espera evitarse esos sinsabores. Está convencido de que sus problemas cambiarios se terminarán cuando dejen de salir dólares para pagar importaciones de energía. Tiene que llegar hasta septiembre.Los últimos cinco días convalidaron los peores presagios del Presidente. Alberto Fernández lanzó una ronda de consultas informales entre personas de máxima confianza al final de la semana que había comenzado con la jura de Silvina Batakis. Buscaba despejar los motivos del encarecimiento del dólar, pero estaba particularmente sorprendido por uno en particular. “¿Por qué sube el contado con liqui?”, preguntó varias veces. La respuesta fue similar a la que daba el propio Fernández antes de cerrar su sociedad política con Cristina Kirchner. Se puede decir que tuvo una actitud premonitoria, si bien eso no lo condujo hasta ahora a tomar medidas para enfrentar la crisis.El denominado contado con liquidación se usa para sacar plata del país de manera legal. Cuesta más del doble que el oficial, un precio que muchos están dispuestos a pagar a cambio de tener la libertad de comprar.La sorpresa por el dólar se extiende hasta la vicepresidenta y Sergio Massa. Les resulta difícil comprender por qué el mercado penalizó la salida de Martín Guzmán, una persona por la que tenían tan poca estima, y liquidó el crédito de la sucesora antes incluso de que se familiarizara con su nueva oficina.Los números son dramáticos. El viernes, el paralelo cerró a $338, en comparación con los $239 del último día de su antecesor en el cargo. Dicho de otro modo: casi un tercio del valor de lo que paga un argentino por el blue se construyó en las tres semanas de Batakis en el Ministerio.El manejo de la crisis cambiaria está marcado por las oscilaciones de la relación entre Economía y el Banco Central. Pesce se siente más a gusto con Silvina Batakis que con su antecesor, Martín Guzmán, quien trabajaba desde octubre de 2020 para ganarle metros a la costa de la entidad monetaria.En un viaje en avión con Alberto Fernández, Guzmán lo había convencido de darle más poder para manejar la política cambiaria. El ministro asumió mayor protagonismo, propuso vender bonos y bajó la cotización del contado con liqui que ahora volvió a preocupar al Presidente.Guzmán le repitió el pedido el jueves 30 de junio. Dos días después, renunció. Es razonable que Pesce prefiera a Batakis, a quien casi no conoce. Eso no impide, sin embargo, que haya descoordinaciones y tensiones crecientes que emergen al calor de una situación que se desgrana.El presidente del Banco Central había llegado el jueves por la mañana al Ministerio de Economía con una victoria casi asegurada. Se imponía su posición de no desdoblar el tipo de cambio. Pesce terminó de convencer a Batakis con un mensaje cercano a sus sentimientos: le puso de ejemplo lo que ocurrió cuando Alfonso Prat-Gay unificó los tipos de cambio, en diciembre de 2015, con Mauricio Macri recién llegado a la Casa Rosada, para mostrar el alto costo que implica salir del desdoblamiento.En aquel momento el dólar oficial tendió a converger con el blue, mucho más alto, y el año siguiente terminó con una inflación que superó el 40%. Son palabras que desde hace tiempo la ministra siente como propias.El resultado del triunfo de Pesce fue la implementación de un nuevo dólar para los turistas, una receta homeopática para atender la mayor descompensación cambiaria en la era del Frente de Todos. Malas noticias para los bancos: pretendían registrar una operación diaria para todas las ventas cada 24 horas que se hicieran bajo esa modalidad. No los dejaron.El último triunfo de Pesce le sirve para compensar un desaguisado anterior. El presidente del Banco Central se enteró cuando estaba en el estudio de C5N que Mercedes Marcó del Pont, la titular de la AFIP, había subido de 35% a 45% la retención del impuesto a las Ganancias a la compra con tarjeta de bienes y servicios en el exterior. Era la noche del miércoles 13, y la falta de información generó molestia en la cúpula de la entidad monetaria porque evidenció su desconocimiento sobre el propio juego: el manejo del dólar. Pesce había dicho cinco días antes que no tenían en mente aplicar ninguna medida como la que se acababa de anunciar. Su victoria, sin embargo, podría haber durado solo unos días.El presidente del Banco Central está haciendo un trabajo más silencioso a ambos lados de la ventanilla del dólar. Recibe a empresarios que le piden billetes y obtienen resultados diversos, pero también mantiene abierto el diálogo con las terminales de Ciara, la cámara de la industria aceitera. Sigue el lema del general Perón: espera persuadirlos para que liquiden sus exportaciones antes de documentar esa necesidad en una nueva resolución. No está logrando todo lo que las reservas necesitan.Pesce podría tener una novedad importante la semana próxima en una agenda paralela. En Brasil se hará en los próximos días una reunión de Bancos Centrales. La Argentina espera agilizar el mecanismo para que el comercio entre ambos países se hagan en las monedas locales, sin pasar por el dólar.Daniel Scioli no quiere quedar afuera de la gestión. Días atrás viajó a su anterior destino como embajador y escuchó de Josué Gómez Da Silva, presidente de la Fiesp (la principal central fabril del país), la molestia que despierta en los empresarios brasileños trabajar con la Argentina por los cepos. Antes, había tenido una teleconferencia con Paulo Guedes, el ministro de Economía de Jair Bolsonaro. La Unión Industrial Argentina (UIA) espera ver los resultados de esas negociaciones en los días siguientes.La vicepresidenta tiene dos grandes temores relacionados con la economía. Uno de ellos es el dólar. Cree que una corrida puede terminar con un gobierno. Cristina Kirchner transmite sus temores en las reuniones semanales con Fernández y Massa. En ese punto no hay fractura con el Presidente.La otra aversión de Cristina Kirchner es relativamente nueva. La asusta pasar a la historia como parte de la fórmula presidencial que llevó la inflación por encima de la que dejó Mauricio Macri. Es un traje a rayas que se pondrá este año y difícilmente pueda sacarse. Los sondeos más serios anticipan que la suba de precios alcanzará el 90%, de manera que arrancaría 2023 con un estratosférico piso de 6% mensual.Silvina Batakis orientó la gestión para apagar los miedos de la vicepresidenta. La ministra intenta ser el nuevo pegamento del Frente de Todos. Habla casi todos los días con Cristina Kirchner, con Alberto Fernández y con Sergio Massa, casi sin hacer distinciones entre el peso político que cada uno tiene en el Gobierno. Dice y escucha, envuelta en la suerte de la desgracia. Después del trágico fin de semana en el que renunció Guzmán, la política parece algo más dispuesta a ser cuidadosa, como sugiere Batakis.La ministra de Economía dio una primera orden: rebobinar las pizarras hasta el momento en que se fue su sucesor. La Secretaría de Comercio Interior contrata un servicio que muestra la serie diaria de alta frecuencia de precios de miles de productos. En algunos casos, desnudó subas del 40% entre un viernes y un lunes, sin que haya cambiado nada en el país más que el titular del Palacio de Hacienda.Es la primera misión imposible de Antonio Mezmezian, un excolaborador de Roberto Feletti que volvió con fuerzas renovadas como número dos de esa cartera: uno a uno, hablará con grandes formadores de precios para convencerlos de que retrotraigan los valores como si nadie hubiese renunciado.Cristina Kirchner decidió involucrarse más en la gestión de la economía. El problema es que cayó en su propio pecado: terceriza su palabra a través de terminales afines, en secreto, cuando el mercado le está pidiendo un apoyo explícito a la idea de hacer solvente al Estado. Lo hace sin que casi nadie se entere, a través de emisarios de confianza que influyen informalmente en algunas ideas estratégicas y conversaciones cara a cara con Alberto Fernández y Sergio Massa, el articulador. A tal punto que el presidente de la Cámara de Diputados sufre bromas incómodas desde el Frente Renovador. Lo acusan de tener una agencia de mediación más que un partido político.Una muestra del nuevo modelo de gestión se vio el 12 de julio. Scioli relanzó una mesa de promoción de la industria del videojuego. Estuvieron invitados, entre otros, Tristán Bauer (Cultura), Florencia Saintout (titular del Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires) y Augusto Costa, el par de Scioli en la gobernación de Axel Kicillof. Es una composición íntegramente kirchnerista.Costa quedó atrapado en las casualidades de la burocracia. Minutos después del encuentro al que había sido invitado, Scioli lo sumó a una reunión con los dueños de los supermercados para discutir cómo ponerle un límite a los aumentos. El hombre de Kicillof, que entró a esa reunión por la ventana, dominó la charla con sus viejos conocidos, pese a la presencia del secretario de Comercio Interior, Martín Pollera, también activo, y hasta les preguntó: “¿Están sorprendidos de verme?”.Tras el paso por Producción, Costa se fue a ver a la ministra de Economía, Silvina Batakis, que heredó esta semana de Scioli la cartera a cargo de controlar los precios. También estuvo Pollera. La misma escena no podría haber ocurrido antes. Tras la firma del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, Cristina Kirchner canceló las comunicaciones con Martín Guzmán. Por imitación, sus funcionarios más leales, como Kicillof, congelaron la relación con el exministro.El equipo económico está especialmente concentrado en que quienes le prestan a la Argentina superen las tribulaciones que mostraron en junio. Batakis tiene marcado con rojo los días del calendario. En la semana que arranca mañana comenzarán a caer vencimientos que serán gravitantes para el futuro del dólar, de la inflación y de su propia gestión.Según un cálculo que circula por despachos públicos, Economía debe renovar 120% de los vencimientos que le quedan hasta fin de año para reducir el dinero que le pide al Banco Central, que presiona sobre la suba de precios.La misión está a cargo de Lisandro Cleri, jefe del comité asesor de la deuda y un personaje a quienes sus compañeros le adjudican un conocimiento mayor que el resto sobre el mercado. A él se suma el secretario de Finanzas, Eduardo Setti. Ambos mantienen desde hace días reuniones periódicas con banqueros para que no cierren el grifo del crédito. En ocasiones, se suma algún otro emisario.Cleri, Setti y Agustín D’Attellis, hombre de Alberto Fernández en el Banco Central, se reunieron hace 10 días en Economía con una delegación liderada por Claudio Cesario, Javier Bolzico y Marcelo Mazzón (representan a los bancos extranjeros, los nacionales y los públicos). Los funcionarios escucharon y volcaron el mensaje acordado con Batakis: armarán combos que combinarán tasas reales positivas, instrumentos atados al dólar y ajustables por inflación para que sean atractivos.Los ejecutivos financieros mostraron sus gustos. Prefieren los bonos que ajustan por CER. Es lo mismo que decir que están preocupados por la inflación. La gimnasia precompetitiva serán los vencimientos a fin de mes, pero la verdadera prueba para el equipo económico ocurrirá con las licitaciones de septiembre. Si esa jugada sale mal, habrá más presión sobre el dólar.Los nombres que rodean a Batakis encierran una paradoja. Massa, cuyo plan para desembarcar en el Poder Ejecutivo no prosperó hasta ahora, llenó los casilleros del equipo más estratégico para el Frente de Todos. Cleri, Federico D’Angelo -ahora maneja las inversiones de la Anses- y Pablo Carreras Mayer, que se sumará en los próximos días al directorio del Banco Central, pasaron por la escuela de gobierno del Frente Renovador. Al igual que Setti y Guillermo Michel (Aduana), que se le cayeron a Miguel Pichetto de los tiempos de Alternativa Federal.Batakis asegura que tiene claro un camino. Su amenaza es que la conducción política le marque dos huellas distintas a seguir. Es lo que terminó extraviando a su antecesor.

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