Buckingham en la Argentina, ¿demolido o abandonado?

Vemos en estos días, de un modo casi cinematográfico, el respeto que tienen otras sociedades por su propio pasado. La muerte de la reina Isabel ofrece, en ese sentido, postales muy expresivas: el valor de lo ritual, el apego a las tradiciones, lo institucional como una categoría superior y la herencia simbólica y cultural como una marca de identidad. A nosotros nos resulta lejano y, desde la perspectiva de naciones más jóvenes y republicanas, hasta puede haber algo que, razonablemente, nos parezca anacrónico y vetusto, por momentos –incluso– difícil de comprender. Sin embargo, es un hecho de jerarquía histórica que, además de merecer atención y respeto, tal vez debería promover entre nosotros algunos interrogantes: ¿respetamos o bastardeamos nuestra herencia cultural? ¿Capitalizamos o despreciamos el capital tangible e intangible de nuestro pasado? ¿Cultivamos la memora histórica o solo la manipulamos en el barro de la política?

La memoria se ha convertido en la Argentina en un concepto manoseado, apropiado de manera sectaria y acotado a un pasado reciente y oscuro. Es una memoria hemipléjica, a la que se le han amputado valores compartidos. Incluso en las escuelas, hablar de “memoria” remite a un sesgo ideológico, no a algo amplio e integrador que incluya las raíces, la identidad, los antepasados y la idea humanística de la continuidad generacional que les da sentido y cohesión a una sociedad y una cultura.

Cuando miramos nuestras ciudades vemos, aquí y allá, el desapego por el patrimonio histórico, así como el olvido al que, muchas veces, son condenados los hombres y mujeres que colocaron los cimientos de la Argentina. Recordamos (no siempre con justicia) a los grandes próceres, pero olvidamos con indolencia a pujantes hacedores, a brillantes intelectuales y científicos, a pioneros admirables, que estuvieron –si se quiere– en la segunda o tercera fila de la historia, pero que fueron fundamentales para construir lo que tenemos. Nos parece natural tirar nuestro patrimonio y nuestro pasado por la ventana; hemos dilapidado buena parte de la herencia cultural que recibimos. Nos cuesta cuidar el legado.

Quizás una de las explicaciones se encuentre en una cultura política forjada en la dificultad de reconocer al otro. Es un rasgo que alienta la idea recurrente de refundar y deshacer en lugar de continuar y mejorar. No es algo nuevo, pero se ha exacerbado en los últimos veinte años. La negación y el desconocimiento de lo que se hizo antes, o de lo que hicieron otros, se convirtieron en una característica central de la ideología dominante en la Argentina. El poder no reconoce nada por encima de sí mismo. No se subordina a las instituciones ni al legado histórico. Es lo contrario de lo que vemos en estos días alrededor de los funerales de la reina de Inglaterra. Los políticos de izquierda y de derecha reconocen ahí algo que los trasciende. Tienen diferencias profundas, tanto ideológicas como culturales, pero valoran las raíces comunes. Hay una identidad que está por encima de ellos. Hay un patrimonio propio –intangible, simbólico– que los conecta con las ideas de continuidad y pertenencia. No es un nacionalismo mal entendido; tampoco, la expresión de una cultura rancia y anacrónica. Lo antiguo se articula con la vanguardia, la modernidad, el progreso, las rupturas de moldes sociales y culturales. No hace falta decir que en Londres conviven la historia y la tradición con los rasgos más disruptivos, transgresores y cosmopolitas de las grandes urbes occidentales. El pasado no ha sido una rémora, sino una palanca que ha estimulado el progreso. Se ha construido un puente entre tradición y modernidad. Es el que transita Mick Jagger (ícono de la transgresión y la rebeldía) cuando despide a Isabel II como “la abuela de la nación”.

En pequeñas escalas, muchas de nuestras ciudades son un testimonio de desprecio por su propio pasado. Lo refleja una novela de la que hablamos en estos días: la del periodista y escritor Hugo Alconada Mon, que reconstruye la historia de La Plata, una ciudad que fue modelo de vanguardia urbanística y que hoy exhibe las cicatrices de un patrimonio demolido, descuidado o maltratado. “Si la vieran los fundadores, nos agarran a todos a patadas”, dijo el autor con elocuencia en una entrevista con LA NACION: “Es triste ver cómo hemos ido demoliendo o devorando el patrimonio urbano, desde que dejamos caer edificios hermosísimos hasta que nos la pasamos asfaltando adoquines históricos”. Habla de la capital de la provincia de Buenos Aires, pero también del país. No se trata solo de ladrillos, sino de lo que ellos significan. Demoler ha sido una tentación de gobiernos y partidos de distinto signo, como si se creyera que la topadora puede resolver problemas que las instituciones no logran resolver, o borrar la historia con la que nos cuesta convivir. Ahora mismo, hace ruido en la Legislatura porteña un insólito proyecto para tirar abajo un emblemático edificio de la 9 de Julio. De haber estado en la Argentina, el Palacio de Buckingham (construido en 1703) quizás hubiera corrido la misma suerte que el Palacio Unzué, demolido por los desencuentros y los rencores argentinos.

La Plata puede tomarse como ejemplo de una cultura del desapego y la desmemoria. Fue la primera ciudad argentina que tuvo tranvía eléctrico. No solo lo desmanteló por completo, sino que ni siquiera cuenta con un pequeño museo que refleje aquella historia. ¿Adónde fueron a parar los tranvías que hoy podrían ser una reliquia que potenciara el turismo? La respuesta se pierde en las sombras de la historia. Tampoco se conservaron las farolas de la época fundacional, a pesar de haber sido –también– la primera ciudad de Sudamérica que tuvo alumbrado eléctrico. En Estados Unidos, donde el futuro siempre ha atraído más que el pasado, resultaría inconcebible que ciudades como San Francisco o Nueva Orleans hubieran tirado los tranvías por la ventana y los hubieran vendido como chatarra. Aquí, hasta la historia contemporánea se diluye en el olvido. Cuna de bandas como Virus o Los Redonditos de Ricota, La Plata tampoco tiene ni una sala que los evoque.

Detrás de esa desaprensión por el patrimonio hay también un olvido de la historia. ¿Cuántos alumnos en la Argentina conocen la biografía de su “pago chico”? ¿En cuántas escuelas del interior bonaerense estudian a Carlos Tejedor, a Benito Juárez, al general Villegas o a Roque Pérez, por citar solo algunos casos al azar? ¿Cuántos chicos de Adolfo Gonzales Chaves saben que su ciudad se llama así en homenaje al vicegobernador de Dardo Rocha? ¿Cuántos colegios de La Plata invierten horas en el museo Almafuerte o el del propio Rocha? ¿Cuántos enseñan quiénes fueron Spegazzini, Florentino Ameghino, Alejandro Korn, Juan Vucetich y el poeta Almafuerte? Sería injusto dar respuestas terminantes, pero es innegable que el patrimonio histórico, cultural, humanístico y arquitectónico ha sufrido un pronunciado deterioro en la Argentina contemporánea. La “historia local” prácticamente no se enseña en las escuelas ni en las universidades.

Todo esto ocurre en una época en la que la memoria, naturalmente, tiende a diluirse o fragmentarse. La tecnología parece conspirar contra cierta permanencia de las cosas, al menos de la forma en la que se conservaban hasta la década pasada. Muchos archivos se pierden o se reemplazan por almacenamientos virtuales. Los álbumes de fotos familiares se atomizan en los chips de los teléfonos; las bibliotecas personales tienden a encapsularse en dispositivos electrónicos. Sin embargo, un símbolo de la era digital, como Google, nos recuerda todos los días, con su célebre Doodle, que hay una historia que vale la pena rescatar y a la que debemos rendir homenaje. La tecnología no propone romper lanzas con el pasado, como la modernidad no se contradice con el legado histórico. Valorar y reivindicar la herencia cultural no es, por otra parte, una apología de las tradiciones, sino un reconocimiento de ese hilo invisible que une a cada generación con aquellas que la precedieron. Es esa idea que Borges, con maestría inigualable, expresa en su poema dedicado a Francia: “El frontispicio del castillo advertía:/Ya estabas aquí antes de entrar/y cuando salgas no sabrás que te quedas”.

Preservar la memoria y el patrimonio no puede depender de esfuerzos o entusiasmos individuales. Debería tejerse un consenso institucional, para el cual son indispensables el pluralismo, el respeto y el reconocimiento del otro. También la aceptación de que hay cosas que nos trascienden y forjan nuestra propia identidad. Tal vez valga la pena, en estos días, leer el luto británico en clave argentina. Y rescatar, en ese ritual lejano, un mensaje inspirador.

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