En Europa, la euforia de los viajeros va llegando a su fin

Las luces de alerta están encendidas: la guerra de Rusia en Ucrania, la despareja recuperación pospandémica y la sequía que afecta a gran parte del continente conspiraron para generar un cuadro de ahogo energético, inflación, disrupciones en las líneas de suministro, y en resumidas cuentas, de gran incertidumbre sobre el futuro económico de Europa. Los gobiernos ayudan a los más vulnerables, pero en medio de esa confusa agitación, todos parecen estar de acuerdo en algo: se viene una recesión.

Y una de las razones que ensombrece el horizonte inmediato es que el aumento de las facturas de energía y servicios hará que los consumidores tenga menos para gastar en otras cosas, tensionando la economía. Fogoneado por una buena temporada de vacaciones en Francia y el sur de Europa gracias al dinero que la gente no pudo gastar en pandemia, el turismo empujó el crecimiento durante el verano boreal que está por concluir. Pero esa euforia de consumo se está apagando y los consumidores se ajustan el cinturón para pasar un largo y crudo invierno. Es probable que en los próximos meses el sector servicios se estanque, y los más afectados serían el mercado inmobiliario y del transporte, según el Índice de Gestores de Compras de S&P.

La profundidad de la caída de la actividad económica en general dependerá, sobre todo, de la evolución de la crisis energética y de la respuesta que den los funcionarios. Esta semana, el precio de la energía alcanzó niveles hasta hace poco inconcebibles: más de 290 dólares el megavatio hora (Mwh) como referencia para el gas distribuido en el cuarto trimestre del año (el precio usual prepandemia rondaba los 30 dólares), y más de 1200 dólares por MWh para la electricidad diurna en el mismo trimestre en Alemania (en prepandemia, el precio era de 60 dólares). Como en la mayor parte de Europa el gas es una fuente alternativa para la producción de energía, termina estableciendo el precio de toda la energía.

La crisis encontró a la economía europea en una situación bastante sólida. El marcado laboral sigue relativamente sano, con un desempleo del 6,6%, o sea que para los mediocres estándares europeos, la economía del bloque está cerca del pleno empleo. En los próximos meses, cuando se renegocien los contratos a largo plazo, es probable que haya un repunte de los salarios. La confianza de los consumidores cayó al inicio de la guerra, pero el consumo no se desplomó, y las expectativas de inflación cedieron levemente.

Industria bajo presión

Otro motivo para pensar en la proximidad de una recesión es que la industria está bajo presión. A principios de año, los ejecutivos advirtieron que una reducción acelerada de las compras de gas a Rusia sumiría al continente en una crisis. Hasta ahora la producción no perdió fuerza, “en parte porque las empresas todavía están cumpliendo con pedidos y órdenes de compra que tenían atrasados”, dice Michael Hüther, del Instituto Económico Alemán.

“La nuevas órdenes de pedido, las que mantienen en movimiento a las empresas, cayeron por el precipicio”, dice Robin Brooks, del Instituto de Finanzas Internacionales, que representa a bancos e inversores institucionales. Esa caída es reflejo de un debilitamiento global de la economía, sobre todo en China.

Finalmente, en Europa el shock energético muy probablemente coincidirá con una suba de las tasas de interés. Tras haber subestimado el impacto de la inflación precios –al igual que muchos otros bancos centrales del mundo–, el Banco Central Europeo (BCE) está decidido a bajar nuevamente el alza de precios hasta su meta del 2%, desde el 9,1% interanual registrado en agosto.

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