Las casitas de la Ítalo. ¿Cuál es el origen de estas joyas del tejido urbano?

Casitas de princesas o castillos de señores feudales aún se pueden descubrir en la trama urbana. Se reconocen por sus muros de ladrillos a la vista, arcos de medio punto y hasta escudos grabados. El conjunto de edificios de porte medieval que todavía sigue en pie responde a las usinas y subestaciones de transformación eléctrica que construyó la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad (CIAE), más conocida como la Ítalo. Entre 1911 y 1912 desparramó por la ciudad casi 200 construcciones de distintas escalas pero con un estilo común: el románico lombardo. Con base de piedra, las torres (algunas más altas que otras) presentan un reloj en el remate, dignas de cualquier castillo de Florencia.

Es que estos proyectos, cuyo ejemplar más destacado es La Usina del Arte, en La Boca, fueron desarrollados por el arquitecto italiano Giovanni Chiogna, que trajo desde Trento a Buenos Aires las influencias florentinas y neorrenacentistas. En La Usina aplicó todos los recursos palaciegos y estilos dominantes en fábricas e iglesias de su época. La construcción que arrancó en 1914 y se inauguró en 1916 fue, desde el minuto 0, un hito en el paisaje urbano. Cuando la obra monumental de 7500 m2 se implantó en Caffarena 1, Chiogna no se imaginaba que la planificación urbana futura le acercaría como vecino lindero a la Autopista Buenos Aires –La Plata, un mirador privilegiado a la estructura que fue restaurada en 2012. Esta recuperación respetó las fachadas internas revestidas en piedra París con basamento granito y las molduras y capiteles de gran valor patrimonial.

El “palacio de luz”, como se conocía al edificio, alojaba en su interior puentes grúas, turbinas, calderas e instalaciones para almacenamiento y distribución eléctrica. Luego de la intervención pasó de generar y distribuir corriente continua a contener un centro cultural que atesora una joyita moderna en su nave principal: una sala sinfónica para 1200 espectadores. El anexo es hoy la sede expositiva del Museo del Cine, construido entre 1919 y 1921 y conectado a la Usina a través de una calle interna: allí vivían los ingenieros y el personal jerárquico de la central eléctrica.

Sin embargo hay más subestaciones desperdigadas por los barrios, aunque menos conocidas. En Av. San Juan y Paseo Colón aún queda en pie otra, donde la firma de Chiogna recuerda la arquitectura de época. En las Cañitas (calle Chenault al 1900), en San Cristóbal (Estados Unidos al 2200) o en Almagro (Gascón al 1000, donde funciona la discoteca Amérikca). Aunque con un rol secundario, las subusinas eran las encargadas de la distribución eléctrica por todos los barrios. Hacia 1920, la CIAE administraba 57 subestaciones y en 1928 llegaba a Lomas de Zamora y Quilmes.

Entre los miles de inmigrantes italianos, el nombre de la empresa caló hondo y enseguida generó sensación de pertenencia. Pero la denominación era engañosa. El auténtico propietario de la Ítalo Argentina era el holding suizo Motor Columbus, involucrado en una madeja de concesiones y negociados que derivaron en pedidos de informes y comisiones de investigación desde la Cámara de Diputados. Eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial y en el país se habían fortalecido las estructuras monopólicas. La electricidad fue parte de un proceso que terminó en escándalo.

Con el tiempo, las réplicas de estilo medieval fueron desapareciendo. Segba (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires) absorbió la compañía en 1979 y después pasaron a integrar la lista de bienes estatales. Demolidas o abandonadas, algunas se salvaron del olvido y hasta se transformaron en viviendas particulares, como la espectacular casa de Julián Álvarez al 1700. En Recoleta, figura una subestación en Pacheco de Melo 3031, mientras que en Balvanera sigue en pie la de Tucumán 2453 y la de Estados Unidos 2242. En Caballito, en la calle Méndez de Andes 1657 la señalética con rayos amarillos advierte que, aún, allí sigue funcionando una subestación.

Otras siguen cumpliendo su función para Edenor o Edesur. Sorprende también la mínima y solitaria torre de Av. Figueroa Alcorta al 3800, a la altura del Jardín Japonés. Y entre medianeras, la de Paraguay 4511, con las paredes grafiteadas.

En el relevamiento del guía de turismo Robert Wright, un estadounidense dedicado a organizar walking tours (caminatas turísticas) por Buenos Aires, figuran varios ejemplos. “Si tiene una estructura CIAE en su barrio deje un comentario con la dirección exacta y una identificación visible. Había 85 subestaciones construidas a fines de la década de 1920 y 75 aparecen en esta lista. Se solicita ayuda especial a los vecinos de Avellaneda, Lomas de Zamora y Quilmes”, solicita Wright en su blog.

Mientras otras quedaron obsoletas y fueron demolidas, unas pocas lograron cambiar de piel. Es el caso de la Usina del Arte y de la recuperación del edificio del Museo del Holocausto, en Montevideo 919, catalogado con protección patrimonial. Allí se respetó la arquitectura original para duplicar su superficie con la misión de ubicar al visitante en los complejos escenarios impuestos por el régimen nazi. De la subusina de 1915 al dinámico espacio de memoria y divulgación inaugurado en 2019, la restauración conservó la fachada ornamentada y el patio. Estas piezas de infraestructura que se transformaron en espacios culturales ofrecen la oportunidad de viajar en el tiempo y conocer, al menos desde sus ladrillos, cómo era la ciudad a principios de 1900.

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