El samba que “le salió más caro” a Vinicius de Moraes que fue compuesto fuera de Brasil y que una película hizo mundial

“La alegría no es sólo brasileña (no, mi amor)”, decía Charly García en 1982. Pero, ¿qué pasaba con la tristeza? “Tristeza no tiene fin. Felicidad, sí”, habían declamado más de veinte años antes Tom Jobim y Vincius de Moraes, en un himno brasileño que pasó todas las fronteras desde convertirse en la banda sonora del film Orfeo Negro y cuando luego João Gilberto la tomó como propia a comienzos de los 60 y encantó al mundo. “Un poco de tristeza não tem fim/Un poco de felicidade sim”, cantó Fito Páez en el tema “Hay algo en el mundo” del disco Rey Sol (2000). Tristeza não tem fim: cosmopolita y mundana, frase que atraviesa géneros, universos e imaginarios sociales.

En su origen, ciertamente, fue un soundtrack. Tom Jobim y Vinicius de Moraes compusieron “A felicidade” especialmente para Orfeo Negro, película del director francés Marcel Camus estrenada en 1959, galardonada con la Palma de Oro en Cannes y el Oscar a la mejor película extranjera al año siguiente. Según cuenta Ruy Castro en Chega de Saudade, su libro sobre la historia de la bossa nova, la canción fue compuesta en contra de los deseos de Tom. El notable compositor no quería crear una nueva banda sonora porque estaba conforme con la que había hecho para Orfeu da Conceição, obra teatral escrita por Vinicius de Moraes con música del propio Tom y que se había estrenado en 1956 bajo la idea de transponer el mito griego de Orfeo al escenario de una favela carioca.

Antes de que arranque la acción en Orfeo Negro, con el estallido de una sonora batucada que se desparrama por los morros de Río de Janeiro, irrumpen los primeros títulos con la cámara haciendo un zoom dentro de la favela. Durante apenas diez segundos se escucha una guitarra solitaria tocada por Roberto Menescal y luego, en una sutil premonición, las espaciadas notas que acompañan a los versos de la canción interpretada en la voz de Agostinho dos Santos, mientras un niño levanta un barrilete con el Pan de Azúcar recortado de fondo. La apertura de Orfeo Negro clama con una fuerza poética que se concentra en las estrofas de la canción: “Tristeza no tiene fin/felicidad, sí/la felicidad es como una gota/de rocío sobre el pétalo de una flor/brilla apaciblemente/después de un ligero vaivén/Y cae como una lágrima de amor/la felicidad de los pobres parece/la gran ilusión del carnaval”.

Y poco importó, en efecto, que la película presentara, de acuerdo con la lúcida crítica de Glauber Rocha y el Cinema Novo, el estereotipo de los negros en la exotización de Latinoamérica. Más allá de los éxitos o los rechazos de la película, lo cierto es que la melodía de una de las duplas más famosas de la Música Popular Brasileña (MPB) se instaló desde allí -y para siempre- en los oídos de la modernidad cultural. “Mi felicidad está soñando/en los ojos de mi novias/es como esta noche/pasando, pasando/en busca del amanecer/habla bajito, por favor/para que ella despierte tan feliz como el día/ofreciendo besos de amor”, la cantó el propio Vinicius de Moraes en escenarios internacionales, acompañado de su habitual mesa con bebidas y objetos rituales.

Durante la etapa creativa de la canción, Vinicus desempeñaba funciones diplomáticas en Uruguay. Fue en 1959, en su departamento de Solaño Antuña y Benito Blanco, en el barrio de Pocitos, donde compuso las métricas de “A felicidade”, la que reconoció como su canción más cara.

“Él siempre comentaba que era el samba que le había salido más caro -recordó Daniel Terra, escribano, amigo y apoderado en Uruguay de Vinicius, en el libro Nuestro Vinicius, de Liana Wenner-. Jobim estaba en San Pablo y Vinicius en Montevideo, se hablaban a cada rato hasta que la última llamada fue de una hora más o menos y quedó terminado”.

“A felicidade”, según contaba Vinicus, simplemente había sido inspirada por las gotas de rocío que caían sobre las flores de plaza Matriz en Ciudad Vieja, uno de los barrios más antiguos de Montevideo.

Música itinerante, invención originada por el intercambio frenético de llamadas internacionales, “A felicidade” formó parte del disco Orfeo Negro, marketing perfecto de la película. El padre de la bossa nova, João Gilberto, la incluyó rápidamente en su repertorio y en su cadencia suave la canción se transformó en leyenda -como todo alrededor del aura gilbertana-: en Estados Unidos, sobre todo, hipnotizó a Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Dizzy Gillespie y tantos otros popes del jazz.

El tema, de inmediato, se convirtió en uno de los más grabados de la MPB, dentro y fuera del país. Sólo durante 1959 existió el registro de veinticinco versiones. Con el tiempo sobresalieron la grabación de Milton Nascimento en el disco Milton (1970) y la de Tom Zé en Estudando o Samba, editado en 1976. “La felicidad es como una pluma/que el viento lleva por el aire/vuela tan ligera/pero tiene una vida corta/tiene que haber viento sin parar”, fraseaba un joven Milton con un despojamiento vocal que llevó la versión a un ritmo lento. Más que cantar, por otro lado, Tom Zé recitaba la letra, resaltando sílaba por sílaba: a-fe-li-ci-da-de-é-co-mo-a-plu-ma-que-o-ven-to-vai-le-van-do-pe-lo-ar. Y después “A felicidade” se alimentó de las versiones de Gal Costa, de María Creuza -que los argentinos disfrutaron especialmente en el boliche La Fusa-, de María Bethania, Miúcha, Nara Leão, Astrud Gilberto y hasta una exquisita reapropiación del saxofonista Joe Henderson bajo una improvisación apasionante.

El cantante y compositor brasileño, Rómulo Fróes, escribió que la letra de “A felicidade” tenía un carácter excesivamente pesimista en comparación con las letras más optimistas de la bossa nova, especialmente en sus inicios, cuando se compuso la canción. Una de las razones, esgrimía Rómulo, fue el hecho de que fue escrita con la trama de Orfeo Negro en mente, al servicio de la dramaturgia del cine. Es más, el director Marcel Camus, más preocupado por el guion que por la creación de Vinicius, sugirió algunos cambios, llegando incluso a vetar pasajes enteros de la letra, lo que causó enojo en Tom y Vinicius, hasta el punto que casi rompen con la producción.

Al principio de los años setenta, en Argentina, la feroz represión obligaba al exilio. El padre del poeta Fernando Noy le ofreció un pasaje rumbo a Francia donde vivían algunos parientes. Todo se estaba organizando para la urgente huida hasta que una de esa noches de “bohemia milagrosa”, en palabras del poeta, su amiga y cantante Ginamaria Hildalgo lo invitó para ir a ver una pareja de músicos brasileños que recién había debutado en el ya desaparecido Teatro Embassy.

“Cuando llegamos el show acababa de empezar. Sobre el escenario, me sorprendió la presencia de ese mago fascinante, juglar poderoso que ni siquiera sabía que se llamaba Vinicius de Moraes. Con su siempre colmado vaso de whisky sobre una mesita donde colocaba la botella que poco a poco iba vaciando mientras brindaba un tema tras otro pronunciando Saravá, que es el modo de agradecer a los dioses afrobrasileños, el caudal de inspiración siempre creciente; acompañado por la guitarra impecable de Toquinho. Quedé tan deslumbrado desde el inicio que luego de escuchar por primera vez ´A felicidade´ y otro tema en el que preguntaba ´Vocé conoce Bahía, niega, entonces vaya´, ya había decidido cambiar mi destino”, escribió Fernando Noy en un texto reciente donde la eligió como su canción favorita.

Poco después, como tantos otros cautivados por su melodía, Noy viajó a Salvador, en pleno auge del tropicalismo, repitiendo como un mantra: “Tristeza no tiene fin. Felicidad, sí” y “La felicidad del pobre pareciera, la gran ilusión del carnaval”. Pegadiza y conocida por el gran público, sigue sonando como uno de los testimonios insoslayables de Vinicius, junto con “Garota de Ipanema”, “Agua de Beber” y “Chega de Saudade”.

“La obra completa de Vinicius es insoslayable, pero con ´A felicidade´ se inauguró un cancionero que por siempre sigue maravillando en todos los idiomas ya que ha sido versionada por artistas del mundo entero”, puntualizó el renombrado agitador cultural y entre otras interpretaciones del tema se podría armar una compilación entera con las versiones de Ella Fitzgerald -grabándola en su última etapa con el disco Ella abraza Jobim- Charlie Byrd, Hugh Masekela, Lee Konitz, Eliane Elías, Jacques Morelenbaum y el grupo NOVA. Y un párrafo aparte fueron las ocasiones en las que Antonio Carlos Jobim la tocaba en vivo: era una de sus favoritas, casi siempre en el cierre de sus conciertos de piano y voz.

A la manera de una sentencia premonitoria inspirada en la mitología griega, escrita por el blanco más negro de Brasil -como le gustaba nombrarse a Vinicius- y paradigma de la saudade, elaborada telefónicamente por la sofisticada armonía de Jobim, “A felicidade” condensa una melancólica celebración que continúa deleitando con fragmentos icónicos de la MPB: “La alegría de los pobres parece/la gran ilusión del carnaval/trabajamos todo el año/por un momento de sueño/para hacer el disfraz/de rey o pirata o jardinero/y todo termina el miércoles”.

 105 total views,  11 views today

Deja una respuesta

Next Post

Rosario Flores: por qué termina “destrozada” sus shows, el premio del Latin Grammy y el recuerdo de esa “bomba explosiva” que eran sus padres

Los premios Grammy, tanto en su edición tradicional como en la Latin, además de abrir cada año el voto por ternas selecciona a artistas que […]
error: Content is protected !!
A %d blogueros les gusta esto: