Juan Luis Bour: “En el presupuesto hay una enorme promesa de bajar el gasto real que no es creíble”

Medidas coyunturales sin un plan de fondo. Así describe Juan Luis Bour, economista jefe de FIEL, a los primeros meses de gestión de Sergio Massa como ministro de Economía. Según el analista, el exintendente de Tigre debió “tomar decisiones que enmarcaran la idea de que se está ordenando el profundo desorden que hay en la economía”, pero advirtió que esas decisiones apuntan al “muy corto plazo”. “Son cambios menores que no definen un programa económico”, dice, en diálogo con LA NACION.

-¿Cómo define este tiempo de Sergio Massa al frente del equipo económico?

–Era necesario un cambio de dirección, que ya lo había iniciado Martín Guzmán en junio, cuando decidió comenzar a demorar el pago de subsidios y pagar la mitad de lo devengado de subsidios, lo continuó Silvina Batakis, con el funcionamiento de la caja, y lo sigue Massa, pero él introduce dos cosas. Una es la decisión de que necesita hacerse de caja en forma más o menos inmediata para el Banco Central, y por eso termina con lo del dólar soja, y otra es que hay un anuncio de medidas casi semanal, de cosas que probablemente no vayan a ningún lado. Al dólar soja le siguió el dólar tecno, el dólar Qatar, el dólar góndola. Y es una serie de decisiones de ese tipo que incluyen la entrega de bonos o una mezcla de medidas muy puntuales para ciertos grupos, como el cambio en Ganancias para los camioneros o los jueces. Son medidas parches que en muchos casos no llegan a concretarse, y las que se concretan tienen un impacto casi nulo. Son medidas que distan de constituir un programa. Lo concreto fue anticipar dólares para el Banco Central, refinanciar los vencimientos de deuda en pesos. Es, básicamente, tirar hacia adelante los problemas, y la duda que permanece es siempre la misma: si van a encarar algo que permita generar alguna confianza para el año que viene.

–¿Por qué?

–Porque están diciendo que la hipótesis de ajuste de precios para 2023 es del 60%, de modo tal que, si estás pensando que el gasto va a bajar, que va a crecer menos que el 60%, estás haciendo una promesa que es difícilmente creíble, solamente por la nominalidad que tiene esta economía y por la indexación de la mayor parte de las variables económicas; obviamente, lo hace el gasto de pensiones, el gasto social, en buena medida el gasto salarial, naturalmente, el gasto en obra pública. Alguien que dice que su meta es bajar el ritmo de crecimiento de los precios, que hoy va cerca del 120% anualizado, a 60%, si no dice cómo lo va a hacer, no es creíble. Si no decís cómo vas a bajar el gasto para que crezca un 50% nominal, cómo producir un frenazo muy brusco del gasto público, no es creíble. Por lo tanto, más allá de lo que enfrentaba Massa, que es un desorden fiscal que lleva a desequilibrios monetarios y a un escenario de alta inflación, hay una enorme promesa que es bajar el gasto real. Y, más allá de la política, la pregunta es cómo harías la contracción de expansión del gasto de 120% a 60%.

–¿Cómo analiza la implementación del dólar soja?

–Esta es una economía del cepo, que por lo tanto, no cambia su forma de ver la represión de precios y de cantidades. En cantidades es claro, y se ve en las importaciones básicamente, y en parte en exportaciones. En cuanto a los precios, una economía del cepo imagina que se pueden manejar tipos de cambio diferenciados a placer, ad limitum, como se dice en música; entonces, podés elegir tipos de cambio particulares para la soja o para el producto que sea, porque de esa forma vos acomodás el funcionamiento de la economía. Es una economía obviamente de represión, porque se le ponen precios diferentes a cosas que son similares: la soja y el maíz no son tan diferentes, finalmente. Y es una economía en la cual se llega al punto de tener precios que se revierten: se establece un precio por 25 días y después se cambia y, con una nominalidad que va al 100%, vos decidís subir un precio y después bajarlo. El dólar soja es, por lo tanto, una devaluación temporaria para un producto, y lo que refleja es la desesperación de la autoridad económica, tanto Economía como el Banco Central, porque la única fuente a la que podía recurrir para conseguir dólares era la soja. No hay otros candidatos: aunque le pongas un dólar más alto a la exportación de autos, probablemente no consigas mucho en el corto plazo, porque no tenés autos y no hay otras alternativas. Lo que uno tiene que entender es que Massa es la economía del cepo, llevada a un nivel técnico mejor de lo que se venía haciendo.

–¿En qué sentido?

–En el sentido de intervenir con mayor represión y mayor discrecionalidad. Eso no es bueno. Es mejor en el sentido de que lo llevan a su paroxismo.

–¿Qué proyecciones maneja para 2023?

–La dinámica en este contexto es, naturalmente, de mucha incertidumbre, porque es una dinámica que contiene la necesidad, de vez en cuando, de devaluar en alguna dimensión o para algún producto que te pueda dar algunos dólares. Se hizo con el dólar soja, y te dejó seco de compra de reservas hasta abril del año que viene. Y eso obliga a pensar en un esquema de dólar soja otra vez, probablemente para el mes de mayo o junio, con lo cual allí todo dependerá de las expectativas de devaluación que haya y de dónde fijes el dólar. Claramente no será de $200, y seguramente vaya arriba de $300.

–¿Cómo ve el nivel del dólar oficial?

–Depende mucho de cuánto tiempo quieran tener un ajuste cambiario limitado, yendo por debajo de la inflación, para tratar de tener un ancla nominal. En un escenario de desorden, necesitás anclas por algún lado, porque no tenés disciplina fiscal que te lleve al orden monetario, y hay que anclar por algún lado. Siempre la variable más cercana es el tipo de cambio, sobre todo antes de las elecciones. Ahora, justamente eso te lleva a un elemento de incertidumbre creciente para el año próximo, porque hoy a un año vista, a diciembre de 2023, se puede comprar cierta estabilidad con la tasa de interés: ponés la tasa de interés nominal del 75%, que equivale a 106% efectiva, o la ponés en 80%, y es una tasa que te da cierta estabilidad por algún tiempo. Pero a medida que te acercás a la fecha de las elecciones, en agosto, septiembre u octubre, los períodos se hacen mucho más cortos, a la espera de que el gobierno cambie, por lo mismo o por algo diferente, y si los agentes económicos esperan una devaluación mayor, entonces necesitás en cuatro meses una tasa mayor, que es algo políticamente difícil de implementar. Hay un momento en el que tenés que poner tasa alta para que los agentes no transformen sus activos en dólares, y la alternativa es tener un programa de estabilización creíble. Y cuanto más demores en generar esa confianza, más vas a tener que recurrir a tasas altas o a represión en los mercados.

–¿Y en cuanto al nivel de actividad?

–Este escenario va desacelerando la economía y eso está ocurriendo de a poco. Los datos de producción industrial de septiembre han sido bastante débiles y se ratifica una desaceleración mes a mes, llevamos varios meses con tasas desestacionalizadas de decrecimiento, y en algún momento cuando eso pasa varios meses, se llega a un crecimiento cero y luego, al signo negativo. Nuestra expectativa es de una contracción de la actividad económica el año próximo de entre 1% y 2%, y eso tiene un impacto negativo sobre la recaudación, lo cual complica la cuestión fiscal. Entonces, uno debería estar hacia adelante precavido de que los problemas fiscales no se van a ir resolviendo solos, a menos que haya un ajuste del gasto mayor al que están previendo.

–¿Y qué rol tendrá el FMI?

–El acuerdo tiene una característica el año próximo y es que los desembolsos netos pasan a ser negativos, porque pagas más de lo que te devuelven, y cuando eso pasa la pregunta que te podrías hacer es si en algún momento la autoridad económica no dice: ‘Pongamos un freno a esta situación’, y se suspende el acuerdo en algún momento del año, algo que podría llegar a ocurrir, porque cuando los desembolsos netos se hacen negativos, no hay acceso a mucho financiamiento de organismos internacionales y no hay crédito; hay que usar las reservas, que son muy escasas. Es probable que caigan de acá a 2023, con alguna recuperación transitoria cuando el FMI devuelva plata a fin de año. De modo tal que se enfrenta un escenario algo más crítico. Siempre se pueden mejorar las expectativas si, de alguna forma, se intenta construir un puente a 2024.

–¿Y eso qué requiere?

–Que se comience a realizar ajustes en precios relativos, básicamente en tarifas, y en la cuestión fiscal. Con una inflación del 100% y un tipo de cambio que ajusta al 6,2% mensual, que es más de 100% anual, eso obliga, en la parte de energía, a hacer ajustes importantes en las tarifas de los servicios. No se pueden postergar los ajustes de 2023 y, entonces, si todo eso se lleva adelante, es un escenario; si no se hace, es otro y puede llevar a que finalmente el Gobierno decida abandonar el acuerdo o a que el Fondo lo haga. La cuestión de la segmentación es solamente una parte de la cuestión que ya debería estar funcionando, y después, todos los ajustes deberían arrancar temprano en los primeros trimestres de 2023. Las decisiones importantes están por venir. Con lo anunciado por Massa hasta ahora, no se logra mucho. No hay medidas de fondo y esa es la preocupación que uno debería tener para 2023. Y todo esto es macro, pero los problemas de la Argentina son macro, micro y regulatorios, y estas cosas no se resuelven solamente con plata, que es lo que muchos políticos creen.

–¿Y qué comprende la cuestión micro?

–Hay una economía de bajísima productividad, donde solo se crea empleo de baja calidad, informal o cuentapropista. Y por lo micro me refiero al funcionamiento de los mercados de factores y de productos. Hay restricciones en materia de comercio exterior, en el funcionamiento del mercado de capitales. En la Argentina ninguna empresa que decide invertir puede remesar dividendos, y eso explica por qué hay una inversión extranjera directa igual a cero. Hay que revisar el funcionamiento de todos los factores, en particular, del mercado de trabajo. Si solo se crea empleo informal, cuentapropista o en el sector público, algún problema tenés. Obviamente, también hay que resolver cuestiones en materia tributaria. Hay un desconocimiento de los problemas micro, porque estamos tapados por la inflación, que es un problema que tiene raíz fiscal y monetaria. Si la soja subiera a US$2000 la tonelada ningún político haría ninguna reforma importante, se contentaría con cobrar retenciones, pero en ese escenario la Argentina tampoco zafaría. Mi reflexión es que hay que pensar reformas muy profundas en muchas áreas de la economía y de la sociedad, porque el desorden económico, tarde o temprano, se transforma en desorden social.

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