Cambia el viento y la política se despeina

Llegaron con la lanza en alto al grito de “venimos a salvarlos”. Unieron sus voces en torno a un eslogan con pretensiones de mantra: “volvimos mejores” y hoy no saben cómo hacer para desentenderse del Gobierno sin que la huida se asemeje a las hordas violentas de consumidores durante un Black Friday en los Estados Unidos.

No vamos a decir aquí que las ratas abandonan el barco. Primero, porque es una frase muy trillada. Y, segundo, porque como se dice ahora, no “aplica” en un ciento por ciento. Es que para que funcionarios y exfuncionarios, legisladores y exlegisladores, aliados y exaliados del Frente de Todos abandonen el barco, debió haber existido un barco con un capitán con poder real y una hoja de ruta clara. Y Alberto, como mucho, viene timoneando un velerito pirata de los que se ponen en la bañera para entretener a los chicos cuando se nos terminó el champú que evita que los ojos ardan.

Si el olvido es cruel, el ninguneo es dramático. “Vamos a volver”, gritaban los chicos de La Cámpora en el último acto público en el que Cristina Kirchner dijo que no se arrepentía de haber elegido al profesor Fernández para que compartiera la fórmula presidencial con ella. ¿Volver adónde? “El Gobierno tiene que terciar en la redistribución del ingreso como lo hacíamos en ‘nuestro’ gobierno”, acotó Cristina para frenesí de su claque y desconcierto del propio Alberto y de los apenas seis ministros que le quedan de aquel gabinete original de 21 miembros.

“Para aventureros está el turismo”, le lanzó Máximo Kirchner al profesor dueño del Gobierno –al menos en los papeles– al enterarse de que quiere competir por un nuevo mandato presidencial. “Cuando un compañero habla mal de otro compañero empieza a dejar de ser peronista”, le respondió Alberto, quien debe haber dejado el peronismo hace años, cuando andaba por los medios vociferando que Cristina era mentirosa, encubridora de un grave delito y, por lo tanto, delincuente.

Es increíble cómo viene sumando adhesiones el oficialismo. No en los sondeos de opinión. En la diáspora. “Estamos en tiempo de descuento”, dijo nada menos que el subsecretario de Políticas de Integración y Formación del Ministerio de Desarrollo Social, Daniel Menéndez. Algo apenas más suave que el “tengo más líos que el plomero del Titanic” que, en su momento, verbalizó Sergio Massa, el superministro bisagra de este gobierno. Bisagra en el sentido literal del diccionario de la Real Academia Española: “herraje de dos piezas con un eje común que sirve para unir dos superficies permitiendo el giro de ambas o de una sobre la otra”.

Bastante más cauteloso en las formas resultó Jorge Ferraresi al dejar el Ministerio de Desarrollo Territorial y Hábitat para volverse a la intendencia de Avellaneda con el fin de evitar “preventivamente” que un mal desempeño electoral del Frente de Todos complicara su permanencia en el poder municipal, que viene ejerciendo desde 2009.

A veces, incluso, resultan tiernos los perokirneralbertistas. Van dos ejemplos: el ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis, uno de los seis funcionarios que le quedan a Alberto del gabinete inaugural, justificó su presencia en aquel acto en que Máximo fustigó al Presidente en que es secretario general del PJ de la provincia de Buenos Aires. OK, se entendió por qué estaba. Lo que no se explica es por qué siguió quedándose tras la arenga incendiaria del hijísimo.

A propósito del acto del vapuleo, Jorgito de Avellaneda también estuvo allí y coincidió en mantenerse estoico tras la andanada de críticas porque –se sabe– soldado que huye no siempre sirve para otra batalla.

El otro ejemplo de ternura es aún más encantador. “Necesitamos proyectos y políticas de Estado que no sean abandonadas de acuerdo con el signo político. Esperemos que esto ocurra”, dijo el senador nacional kirchnerista Marcelo Lewandowski al aprobarse el Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2030, enviado al Congreso por el Poder Ejecutivo y apoyado por legisladores de la oposición. Está demostrado que cuando sopla fuerte el viento, hasta las buenas intenciones se despeinan.

Y llegamos al más reciente de los momentos cumbres de la estudiantina en la que se ha convertido el oficialismo –estrategia que está siendo adoptada por la oposición con una exactitud y rapidez pasmosas–. Cuando no habían transcurrido ni siquiera dos semanas de la presentación de un proyecto legislativo para derogar las PASO, lo retiraron. ¿Quiénes eran autores del proyecto? Aliados del kirchnerismo. ¿A quién se supone que beneficia que no haya PASO? Al kirchnerismo. ¿Quién las confirma? El Presidente. ¿A quiénes se supone que favorece mantenerlas? Al timonel a cargo y a la oposición. ¿Son las PASO el tema que más preocupa hoy al ciudadano de a pie? No más preguntas.

La columna de Carlos M. Reymundo Roberts vuelve a publicarse el 26 de noviembre

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