“Resolución D”: qué es el segundo bisiesto y por qué los científicos ya fijaron su muerte

NUEVA YORK.– Cada cuatro años, febrero tiene un día más, una convención de medición del tiempo que conocemos como “año bisiesto” La práctica de ajustar el calendario con un día adicional fue establecida por Julio César hace más de 2000 años y modificada en el siglo XVI por el papa Gregorio XIII, quienes nos heredaron los calendarios juliano y gregoriano.

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Ese día extra es una forma de alinear el calendario anual de 365 días con la verdadera duración del viaje de la Tierra alrededor del Sol, que es aproximadamente de un cuarto de día adicional por cada año. El día que se agrega los años bisiestos garantiza que las estaciones se mantengan en las mismas fechas y que no empiecen a correrse a medida que el desfasaje de acumula y se alarga.

Pero a la humanidad también le cuesta imponer orden a la manecilla larga del reloj: en los últimos tiempos, el segundo también está en problemas. Tradicionalmente, el segundo era una unidad definida en términos astronómicos, como una de las 86.400 partes en las que se divide el “día solar medio”, o sea el tiempo promedio de rotación de la Tierra sobre su eje. Pero a partir de 1967, los metrólogos del mundo empezaron a medir el tiempo desde cero y con más exactitud, gracias a los relojes atómicos. Y la longitud oficial de la unidad básica, el segundo, fue fijada en 9.192.631.770 vibraciones de un átomo del isótopo de cesio 133. Nuestro día está compuesto, entonces, por 86.400 de esos segundos.

Pero la rotación de la Tierra se ralentiza levemente de un año a otro, y así, gradualmente, el segundo astronómico —como el día astronómico— se va volviendo más largo que el segundo medido por relojes atómicos. Para compensar ese desfasaje, a partir de 1972 los metrólogos comenzaron a insertar ocasionalmente un segundo adicional, llamado “segundo intercalar” o “segundo bisiesto”, al final de cada día atómico. En efecto, cada vez que el tiempo atómico se adelanta un “segundo intercalar”, se detiene por un segundo para permitir que la Tierra lo alcance y se “ponga en hora”. En 1972 se agregaron diez segundos bisiestos a la escala de tiempo atómica, y desde entonces se han agregado 27 más segundos bisiestos más.

Pero agregar ese segundo adicional no es tarea fácil. Además, la rotación de la Tierra es ligeramente errática, por lo que el segundo bisiesto es tanto irregular como impredecible. Hace cincuenta años, esas características hacían difícil intercalar ese segundo bisiesto, y hoy en día el esfuerzo es directamente una pesadilla técnica, porque la sincronización precisa del tiempo es parte integral de la infraestructura altamente informatizada de la sociedad.

“Lo que antes era solo una forma de medir el flujo del tiempo, hoy es un factor esencial para el funcionamiento del transporte, la geolocalización, la defensa, las finanzas y la carrera espacial”, dice Felicitas Arias, exdirectora del departamento del tiempo de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas (BIPM, por sus siglas en francés), cuya sede está en las afueras de París. “El tiempo gobierna el mundo actual”, dice Arias.

El proceso para sincronizar esas dos escalas de tiempo se ha vuelto tan ingobernable que los cronólogos del mundo han tomado una decisión audaz y definitiva: terminar con el segundo bisiesto para el año 2035. La civilización adoptará por completo el tiempo atómico, y la diferencia, o tolerancia, entre el tiempo atómico y el tiempo astronómico de la Tierra no será especificado hasta que los cronometradores presenten un mejor método para reconciliarlos. La votación, que tiene el nombre de Resolución D, se realizó hace una semana en una reunión de las naciones miembros de la BIPM que se realizó en Versalles.

Adiós a los cielos

La Resolución D separa el cronometraje de los átomos del de los cielos, aunque probablemente empiece a ser así para las generaciones venideras. En términos prácticos, el cambio será imperceptible para la mayoría de nosotros, y de hecho pasarán varios miles de años hasta que el tiempo atómico se desfase una hora del tiempo astronómico de la Tierra.

Pero para la tecnología que utiliza Internet, un segundo de tiempo es una eternidad. Las transmisiones de los teléfonos celulares, las redes eléctricas y las redes informáticas se sincronizan en infinitesimales fracciones de segundo. Las “negociaciones de alta frecuencia” de los mercados financieros ejecutan órdenes en milésimas e incluso milmillonésimas de segundo. Y según el derecho internacional, los paquetes de datos relacionados con estas transacciones financieras deben tener un sello temporal de alto nivel de precisión, que sea registrado y rastreable hasta el Tiempo Universal Coordinado, el estándar acordado universalmente que es administrado por los expertos de la BIPM.

Y cada segundo bisiesto que se agrega introduce un riesgo de confusión: puede hacer que algunas redes digitales no implementen el cambio correctamente, que no sepan con exactamente qué hora es con relación a los otros sistemas, y que no se sincronicen correctamente. El “segundo intercalar” o “segundo bisiesto” es una gota de caos potencial en un cóctel que exige la máxima precisión.

Por esa razón, la decisión de descartar el segundo intercalar para el año 2035 tuvo un amplio apoyo de naciones de todo el mundo, incluido Estados Unidos. Sin embargo, ese veredicto a favor no fue un resultado cantado ni inevitable. De hecho, el destino del segundo intercalar es tema de debate diplomático desde hace mucho tiempo, y la BIPM lo incluye en la lista de sus cuatro “temas candentes”. Para incluir la Resolución D en la agenda de votación del organismo hicieron falta más de dos décadas de investigaciones, negociaciones y compromiso con la solución del problema.

“Esto debería haberse hecho hace 20 años, y si no fuera por las maniobras políticas, así habría sido”, dice Judah Levine, físico del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Boulder, Colorado. Junto al doctor Tavella, Levine es copresidente del comité de la BIPM que se ocupa de discutir la lista de temas candentes, y colaboró en la redacción de la Resolución D que acaba de aprobarse.

Entre los países que se opusieron está Rusia, que pidió retrasar el cambio porque hacerlo la obliga a introducir profundas modificaciones en su sistema de satélite Glonass, que incorpora automáticamente el segundo adicional. Así que la Resolución D estipula que el plazo para ese cambio es el año 2035. Y Gran Bretaña, histórica y emocionalmente atada al estándar astronómico, consagrado en el meridiano de Greenwich, durante mucho tiempo también se mostró reacia a comprometerse públicamente con el cambio, pero finalmente fue una firme partidaria de la resolución.

Por Alanna Mitchell

(Traducción de Jaime Arrambide)

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