El buen trato empieza por casa

El reclamo por la eliminación de la violencia en todas sus formas incluye la exigencia de su inmediatez; así lo expresa la ONU al referirse a la violencia contra las mujeres. Aunque es claro que para que no haya marcha atrás en este objetivo se requiere un sustrato cultural que acompañe la transformación. Porque extinguir un incendio es siempre una emergencia que debe estar seguida de medidas tendientes a que no se vuelva a producir.

Bajo esta racionalidad, a fines del siglo pasado, la Asamblea General de las Naciones Unidas identificó algunos elementos intervinientes en el desarrollo de una cultura de paz: valores, actitudes, comportamientos y estilos de vida. Vemos cómo el sentido de la innovación debe proyectarse con especial énfasis sobre las generaciones venideras, con una voluntad de futuro que se traduzca en la formación de niñas y niños en un paradigma que los sitúe en escenarios de respeto y justicia.

En el ámbito familiar, los estudios coinciden en hacer foco en el fortalecimiento vincular a través de dos componentes centrales: la presencia afectiva y el diálogo abierto. Sabemos que la posibilidad de trabar relaciones parentofiliales armónicas reposa hoy sobre el establecimiento de acuerdos; pero esto que parece una obviedad no lo es cuando nos acercamos a las familias y observamos sus dinámicas. Es entonces cuando confirmamos la urgencia de sensibilizar a los protagonistas, muchas veces escépticos o apáticos, como primer paso hacia la fundación de comunidades bientratantes.

El buen trato empieza por casa, por el lugar en el que se concretan aprendizajes que marcan biografías y condicionan el devenir del ciclo vital. Resulta prioritario trabajar en la movilización de recursos en los núcleos primarios de pertenencia, aun en sociedades crecientemente polarizadas y en contextos de circulación cruzada de discursos de odio, sabiendo que este propósito constituye un auténtico reto de época.

Diferentes investigaciones han ligado los estilos parentales con la manifestación de conductas agresivas en los hijos. Un estilo parental autoritario, en el que media una intención de monitoreo y control sustentada en imposiciones, privaciones y coerción física y verbal, se correlaciona con una participación de niños y jóvenes en situaciones de acoso entre pares. También un bajo nivel de responsividad en madres y padres es señalado como atributo de riesgo. De ahí que se distingan la implicación parental y la apertura a los intereses filiales como factores protectores contra la victimización y la perpetración de violencias.

Por otra parte, la superación de ciertos estereotipos desde las familias, de la mano de nuevas distribuciones de funciones en su seno, contribuye a apreciar la diversidad genérica y generacional en el marco de un ideal de equidad. Y esto tiene un potencial modélico inestimable. Porque si logramos convertir los espacios microsociales en ambientes de cuidado recíproco, en círculos bientratantes y solidarios, el movimiento se irá expandiendo hasta crear una comunidad de valores que inspire actitudes y comportamientos virtuosos. Esto es importante recordarlo hoy, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y siempre.

Solo en entornos protectores de la convivencia se afianzarán estilos de vida positivos. Con la mira puesta en la construcción de sociedades inclusivas, cada quien desde su sector puede traccionar el cambio. Cada persona, en su cotidianidad, en sus interacciones con los demás, en sus territorios de mayor intimidad y cercanía, puede ser agente de una cultura de paz.

Familióloga, especialista en educación, directora de estudios del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral

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