La Cámpora prueba a salir del clóset

Con la mira puesta en 2027, pero sin pasarse por alto 2023, la organización más hermética y verticalista del establishment político nacional ha comenzado un ejercicio de deconstrucción y reconstrucción.

En el contexto de un aparente fin de época, más que un fin de ciclo, de la política argentina, La Cámpora empieza a tratar de expandir la frontera del kirchnerismo cerril en busca de posicionar a algunos de sus dirigentes en el mapa político general y modificar algunas etiquetas y percepciones que su praxis y sus expresiones combativas han construido.

“Derribando prejuicios” podría titularse el plan de acción puesto en marcha, en el que prueba a exhibirse más allá de los territorios que controla y a descorrer algunos velos de sus figuras en escenarios visitantes, mientras la mayoría de los argentinos se distrae (o se desvela) con el Mundial de fútbol. Una cuidada salida del closet que Cristina y Máximo Kirchner custodian con celo. Cada vez lejos y más distintos de Alberto Fernández y su gobierno.

El ministro bonaerense Andrés “El Cuervo” Larroque y el ministro del Interior de la Nación, Eduardo “Wado” de Pedro (el orden no es aleatorio) son los pioneros designados para encabezar las expediciones por terrenos ajenos y hasta por algunos espacios considerados directamente enemigos. Tareas destinadas a los más confiables, más probados y más seguros, aunque con perfiles y roles diferenciados. Pero ellos no son los únicos, sino los más visibles.

Entrevistas en programas de radio y televisión de medios críticos del oficialismo, charlas off the record con periodistas no militantes, viajes a países “no amigos”, reuniones con empresarios y dirigentes de fuerzas adversarias y hasta algunos elogios a rivales políticos comienzan a ser parte de una rutina hasta hace muy poco inusual para sus dirigentes, que ejercen con rigor y disciplina militante, al igual que las tareas que hacen puertas adentro de su espacio.

Mientras tanto, el jefe Máximo, que alguna vez y hace tiempo participó con De Pedro de esas travesías, se concentra en ejercer ahora la custodia y a supervisar todo desde la retaguardia. O a hacer el aguante desde el paravalancha, como lo escenificó junto a Mayra Mendoza (primera mujer de la nomenklatura camporista) durante el acto por el Día de la Militancia, realizado en La Plata.

No fue fruto de la casualidad esa llamativa imagen, tan comentada, ni estuvo ajena al proyecto de reconfiguración. A pesar de que algunos enemigos internos la calificaran con malicia como una personificación poco afortunada del barrabrava “Rafa” Di Zeo y La Raulito. Pero el primogénito no es boquense. La tribuna importa mucho y hay que cuidarla.

Tampoco fueron azarosas ninguna de las restantes imágenes y ubicaciones de los principales dirigentes camporistas en ese acto. Nada queda nunca librado a la casualidad en los actos que preside Cristina Kirchner y organiza La Cámpora. Mucho menos en esta etapa de penurias, intentos de reconstrucción y necesidad de reinstalación de este sector dominante del oficialismo.

Frente a la vicepresidenta y jefa absoluta en el centro de la primera fila estuvieron el último 17 de noviembre De Pedro y Larroque escoltando al gobernador bonaerense y verdadero delfín cristinista, Axel Kicillof, que no pertenece a La Cámpora y mantiene con esa organización y su líder una relación tan estrecha y necesaria para ambos como tensa (o recelosa). Todos responden a Cristina y ella los une y los potencia. Hasta en sus diferencias políticas y personales. Dueña y señora. Siempre.

Las esperanzas K

En las figuras de Kcillof y de De Pedro se deposita y se concentra la inversión electoral de mediano plazo para el demorado trasvasamiento generacional cristinista.

Por eso, ellos ocuparon tales lugares de privilegio. Como el que se le asignó a Alberto Fernández, para su sorpresa y la de muchos, cuando Cristina Kirchner hizo la presentación de su libro Sinceramente, el 9 de mayo de 2019. Fue solo 10 días antes de ungirlo (otra vez para sorpresa de Fernández y de todos) como su candidato a Presidente y cabeza de la fórmula que ella integró como garante y custodia del kirchnerismo para sus seguidores. Resultados al margen.

La marcada diferencia entre los lugares ocupados por el primogénito y los plateístas VIP en el estadio platense refleja con claridad las dísimiles perspectivas temporales y roles funcionales que separan a uno y otros.

“Máximo está mirando y se guarda para un futuro más largo. Busca reafimar el lugar que decidió ocupar al renunciar a la jefatura del bloque de Diputados por no estar de acuerdo con la renegociación de la deuda con el FMI ni con muchas otras políticas anteriores y posteriores. Aunque apoya la gestión de Sergio Massa también tiene diferencias que desde ahí puede y se ocupa de marcar”, dice (con benevolencia y generosidad) un dirigente que frecuenta a los conductores camporistas. Se trataría de una disidencia estratégica en busca de que el futuro le dé la razón.

La apuesta de Máximo Kirchner, que nadie en la comandancia camporista objeta abiertamente es, no obstante, motivo de dudas respecto de los resultados probables. Asemeja a lo que ocurrió entre madre e hijo cuando ella eligió a Fernández de candidato en contra de la opinión de él. La rebeldía no se ejerce puertas adentro. Al final se impone la obediencia, aunque haya discordancia.

Mientras algunos con sorna llaman a Máximo “Príncipe Carlos”, en referencia al ahora rey inglés que nunca logró que su madre abdicara y solo accedió al trono en su avanzada madurez, otros optan por revestir de estrategia política su repliegue y renuencia (o incapacidad) para apurar una sucesión.

La opinión más benigna proviene de quienes dan casi por seguro que la elección del año próximo está perdida y que, en el mejor de los casos, si se llegara a abrir una ventana de oportunidad para que un candidato oficialista sea competitivo ese lugar sería para Massa. Todo depende de la marcha de la economía, asumen. Y las últimas señales no permiten alimentar expectativas. La inflación y el dólar no dan respiro. O, más bien, asfixian más ahora que tras el desembarco del “ministro salvador”.

Kicillof y de Pedro aparecen así como las piezas clave del ajedrez electoral cristicamporista.

Los desvelos de Axel

El gobernador aspira a ir por su reelección y tendría casi asegurado ese lugar para intentar retener el bastión kirchnerista, pero en el oficialismo no se descarta un enroque, que espanta al propio involucrado.

“Si Axel es el que mejor mide, ¿por qué no llevarlo de candidato a Presidente para sumar la mayor cantidad de votos y asegurar una buena representación parlamentaria?”, se preguntan retóricamente y no con poca malicia varios dirigentes frentetodistas de distintas facciones, incluido el camporismo, que nunca entraron ni entrarán en el estrecho círculo cerrado del gobernador.

Ese movimiento de piezas abre las conjeturas respecto del futuro de quien es hoy el canciller o el quintacolumna de Cristina en el gobierno de Alberto. El origen bonaerense de “Wado” y su carácter de productor agropecuario mercedino, combinados con su militancia camporista desde los orígenes y su condición de hijo de desaparecidos, constituyen un capital que lo pone en un lugar expectante para el intento de ampliar la base electoral en territorio bonaerense.

También, según varios observadores, constituyen atributos para ser el mejor candidato testimonial nacional del cristicamporismo, destinado a preservar el patrimonio simbólico de cara al futuro. Es decir, 2027, el año que La Cámpora tiene marcada en rojo en su almanaque. Pero hay que sobrevivir a 2023. De allí que no falten quienes especulan con su candidatura a vicepresidente como compañero (y custodio) de Massa.

En ese camino, De Pedro aprovecha el tiempo libre dejado por la nula tarea que le asigna Fernández y se vale de su cargo para construir nuevos vínculos dentro y fuera del peronismo, explorar las terras incognitas del camporismo y tratar de modificar visiones o bajar prevenciones de sus nuevos interlocutores.

La relación con los gobernadores juega un rol crucial para su propósito. A través de ellos se vincula con los factores políticos, económicos y sociales del interior. Y con ellos organiza viajes al exterior para relacionarse con funcionarios, dirigentes y empresarios de países que no forman parte de la geografía amiga del kirchnerismo, como Estados Unidos e Israel, donde muestra su perfil más moderado, pragmático, productivista y moderno. Seduciendo al capital. Y no son pocos los que quedan seducidos.

¿Caballo de Troya o traidor?

No obstante, algunos interlocutores agnósticos dudan y se preguntan si se trata de un caballo de Troya del cristicamporismo ante el establishment o de una figura superadora de la “orga” nacida al calor del poder de Néstor Kirchner, que terminará enterrando (o traicionando) los principios juveniles más radicalizados. Por ahora, juega con el beneficio de la duda a su favor y logra ser bien recibido en ámbitos antes impensados para unos y otros.

“Los dirigentes de La Cámpora no somos irracionales ni anticapitalistas, ni sectarios ni radicalizados como nos pintan. Somos peronistas y creemos que hay que hacer un gran acuerdo con todos los actores políticos y económicos del país. Hay que sentar en una mesa a Cristina y a Macri, y también a los dirigentes sectoriales, s empresarios y sindicales, nos gusten o no nos gusten para poder sacar al país adelante”. Ese es el mensaje, que con varios nombres y apellidos más, le han escuchado expresar a De Pedro. Lo dice en charlas en las que también admite que la imagen del camporismo no es producto solo de prejuicios ajenos, sino también de construcciones propias, que él se propone deconstruir.

Su discurso aperturista, no obstante, suele ofrecer brechas o inconsistencias difíciles de zanjar. Su defensa de Cristina Kirchner es absoluta. Y aunque puede exhibir matices diferenciales en la praxis con la vicepresidenta, no hay lugar para cuestionar su carácter de víctima, como sujeto de oscuras y malvadas operaciones en su contra tramadas por poderosos enemigos políticos, económicos, mediáticos y judiciales. Aunque entre ellos se cuenten algunos que deberían ser parte del acuerdo que De Pedro considera imprescindible alcanzar. El límite y el norte siempre es Cristina.

En esa misión, Larroque, su compañero de conducción y expediciones, hace el papel de defensor de la pureza cristicamporista, con expresiones más ásperas que las que expresa el ministro del Interior y se anima o se ocupa de defenderlas en medios “enemigos”.

Son actores en pleno ejercicio de juegos de roles, que Cristina y Máximo aprueban y fomentan. Fases experimentales del proyecto de renovación y cambio kirchnerista. Intentos de deconstucción y reconstrucción que parecen reafirmar un fin de época.

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