Francisco se reunió con el exsecretario de Benedicto en el ojo de la tormenta por sus revelaciones en un libro

ROMA.- ¿Qué se habrán dicho? ¿El arzobispo Georg Gänswein, secretario privado de Benedicto XVI, papa emérito, habrá sido despedido de su cargo de prefecto de la Casa Pontificia, que detenta formalmente desde hace más de diez años, pero que no ejerce efectivamente desde hace dos años, cuando Francisco le pidió que se tomara una licencia? ¿O don Georg, desde hace días en el ojo de la tormenta por la publicación de un libro que, según fragmentos anticipados, saca a relucir trapos sucios y venenos sobre la inédita convivencia entre los dos papas, uno en funciones y el otro retirado, le habrá pedido disculpas por este revuelo?

Eran las preguntas que reinaban hoy en el Vaticano, donde el papa Francisco recibió esta mañana en audiencia al arzobispo Gänswein, según consignó el Boletín del Vaticano, sin dar más detalles. El cara a cara entre Francisco y don Georg, la persona que cuidó hasta el final a Benedicto, que murió a las 9.34 del sábado 31 de diciembre, a los 95 años, fue antes del tradicional saludo de Año Nuevo al Cuerpo Diplomático. Habría sido Gänswein en pedir la audiencia.

Francisco había visto a Gänswein, de 66 años, la misma mañana de la muerte de Benedicto XVI, papa emérito, cuando fue el primero en ser informado del fallecimiento y en ir al Monasterio Mater Ecclesiae, donde vivía su antecesor, en los Jardines Vaticanos, para darle una bendición y el pésame a todos los que lo atendieron hasta el final.

También se habían visto en el funeral solemne que Francisco presidió el jueves pasado en la Plaza de San Pedro, cuando Gänswein besó el ataúd de ciprés de Benedicto, que acompañó luego hasta su sepultura, en las grutas del Vaticano. Esa ceremonia, sobria y austera, como quiso el papa emérito, fue criticada por el ala conservadora “ratzingeriana” que consideró no a la altura la homilía que pronunció Francisco. Profundamente espiritual, el Papa solo mencionó una vez, al final, a Benedicto, a quien comparó a Jesús crucificado por su entrega total a Dios.

Esa ceremonia quedó opacada por el revuelo que, justo ese día, comenzaron a generar una entrevista a un diario alemán en la que Gänswein dijo que la limitación al uso del latín decretado por Francisco en 2020 le había “roto el corazón” a Benedicto y los anticipos de su libro “Nada más que la verdad, mi vida al lado de Benedicto XVI”, que ya fue rebautizado “Nada más que la vanidad”.

En esta obra, que saldrá este jueves a la venta en Italia, aunque también habla de la relación de respeto y afecto que los dos papas, uno en funciones y el otro, retirado, tuvieron durante casi 10 años, Gänswein revela diferencias y críticas que para muchos hubiera sido mejor que quedaran en familia, bajo el mismo silencio por el que optó Joseph Ratzinger al abdicar en 2013. O, por lo menos, que don Georg hubiera esperado un poco de tiempo para dar a conocer sus memorias y no ahora, con “el cuerpo del papa emérito aún caliente”.

History is made. The coffin of Pope Benedict XVI is carried to St. Peter’s Square. Archbishop Georg Gänswein kisses the coffin in one of the most emotional moments of the funeral. The crowd started praying a Rosary.
Credit: @dibanez / @EWTNVatican pic.twitter.com/Ww0gQUuCfi

— EWTN Vatican (@EWTNVatican) January 5, 2023

Pero fue más fuerte, evidentemente, el rencor que fue acumulando desde que el papa Francisco le pidió, en enero de 2020, que se tomara una licencia de su rol de jefe de la Prefectura de la Casa Pontificia. “Me quedé shockeado y sin palabras”, escribió el arzobispo alemán en su autobiografía, al lamentar el hecho de haber quedado como un “prefecto a medias”. Y que precisó que Francisco lo habría depedido de ese rol con estas palabras: “Usted sigue siendo prefecto pero mañana no vuelve al trabajo”. Benedicto habría luego comentado, “con ironía”: “Pienso que el papa Francisco no confía más en mí y desea que usted me haga de custodio”, según adelantos del libro.

Hoy, en su audiencia privada, probablemente en un clima amable pero frío, tenso, don Georg podría haber ido a excusarse por el revuelo por la salida a la luz de semejante libro, en medio de la incertidumbre por su destino. Algunos especulan con que el arzobispo alemán podría ser enviado a alguna diócesis de su Alemania natal –donde al parecer nadie lo quiere-, a una nunciatura o a dirigir alguna institución o cátedra universitaria. Aunque también se cree que podría quedar congelado en su cargo formal, pero no efectivo, de prefecto de la Casa Pontificia.

Había sido Benedicto XVI (2005-2013) quien, poco antes de dimitir, había nombrado a Gänswein prefecto de la Casa Pontificia, un cargo clave ya que desde allí se maneja la agenda pública de un Pontífice y se lo acompaña en audiencias con jefes de Estado y Gobierno. Por respeto a Benedicto, Francisco decidió dejarlo a Gänswein en ese rol, hasta que en enero de 2020 le pidió tomarse una licencia al estallar una tormenta por la publicación de un libro en defensa del celibato escrito teóricamente a cuatro manos por Ratzinger y el cardenal africano ultraconservador Robert Sarah. Ratzinger pidió que retiraran de esa obra su firma y Ganswein quedó bajo sospecha de haber estado detrás de una operación que el ala ultraconservadora había intentado poner en marcha, usando al anciano y frágil Benedicto.

En los últimos días, mientras siguieron apareciendo fragmentos muy críticos del libro de Gänswein, una obra considerado por cardenales y obispos fuera de lugar en este momento, siguió el clima de desasosiego. Don Alberto Varinelli, un sacedote de la diócesis de Bérgamo, incluso publicó una petición online que se volvió viral en la que le pide a Gänswein que retire su libro.

Aunque el papa Francisco jamás dijo nada en público, pareció aludir al revuelo al menos dos veces. El viernes pasado cuando, durante la misa por la fiesta de la Epifanía, al llamar a seguir el ejemplo de los reyes magos, pidió adorar a Dios “y no a nuestro yo” ni “a los falsos ídolos que nos seducen con la fascinación del prestigio y del poder, con la fascinación de las falsas noticias”. Y ayer, en la tradicional oración mariana del Angelus, cuando, como hizo ya en muchas oportunidades, ante 30.000 personas presentes en la Plaza San Pedro, fustigó el chusmerió que divide: “El chismorreo es un arma letal: mata, mata el amor, mata la sociedad, mata la fraternidad”.

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