Frida íntima: cartas, fotos, su célebre ropa colorida y un pañuelo con un beso

“Somos odio, amor, madre, hijo, planta, tierra, luz, rayo. Siempre mundo dador de mundos, universos y células. Ya”. Sí, ya. Frida Kahlo dijo todo lo que se puede decir sobre Frida Kahlo. Y sin embargo… En las vitrinas de un cuarto oscuro del Malba, custodiando los cuadros Diego y yo y Autorretrato con chango y loro, los fridanómanos encontrarán un pañuelo besado por la artista mexicana, cartas manuscritas, fotos de la infancia y una blusa. Estos objetos íntimos fueron comprados por Eduardo Costantini en 2021 a la familia de Raquel Tibol, crítica de arte y amiga de Frida.

Los documentos develan el detrás de escena de la obra. “No le tengo miedo a la muerte”, escribió en su diario la pintora. “Pero tengo ganas de vivir”. Todas las imágenes del archivo dan cuenta de esa obstinación.

En una foto se la ve postrada en el Hospital Inglés envuelta en un corsé de yeso intervenido con pintura, su pelo prolijamente recogido con moños, retratando a un indígena. El hombre sonríe al lado de la camilla. Frida alza su lápiz y anula la autocompasión.

Tibol, a quien pertenecían los objetos exhibidos, llegó a la icónica casa de Coyoacán de Frida (hoy convertida en museo) en 1953. Se encontró con una “atmósfera densa en su morbidez”: Frida sabía que le amputarían una pierna. Aún así, Tibol logró que la pintora le dictara su biografía y cuando no soportó más las “tensas energías” de la Casa Azul, decidió cambiar de escenario. Pero desde entonces, cada palabra que le dedicó a Frida estaría cargada de una profunda admiración.

En otra foto, la pintora es capturada marchando, días antes de su muerte, en la manifestación contra la destitución del gobierno democrático de Jacobo Arbenz, en Guatemala. “Como lisiado de guerra iba en silla de ruedas, con la pierna amputada, la columna vertebral rota, las carnes macilentas por prolongados encierros, muchos años de obligada permanencia en la cama y exceso de drogas”, describe Tibol en Frida Kahlo en su luz más íntima. “Un saco de dolor, consciente de su prematura decrepitud, que sale a expresar su desacuerdo con el imperialismo y sus lacayos, en vez de encerrarse a gemir por su enorme desventura personal”.

Otra imagen: Diego se inclina, tierno, sobre una Frida rendida en la camilla del hospital y la besa. Tibol, testigo privilegiado de su relación, señala: “Su compenetración espiritual fue profunda, compleja, morbosa podría decirse si la midiéramos con los parámetros de la moral en boga, hipócrita y represiva”.

Eduardo Costantini reflexiona: “Las piezas íntimas favorecen una comprensión de la obra. Además de ser una artista técnicamente excelente, Frida era una gran escritora y sus textos revelan la coherencia y la honestidad de su vida. La figura de Frida genera un fetichismo singular con sus objetos personales. En estos treinta años su imagen se transformó en un ícono universal y emblema de múltiples movimientos, pero también se revalorizó su producción en el mercado del arte como una pionera y una de las más importantes artistas del siglo XX”.

Los documentos exponen también las contradicciones en la vida de la pintora —mientras que algunas feministas erigen su figura como símbolo de la emancipación femenina, otros oponen la dependencia a su marido—; contradicciones que sin duda han magnificado la fridamanía. Como sostiene Yuval Noah Harari, las tensiones y dilemas irresolubles son los motores de la cultura, “responsables de la creatividad y el dinamismo de nuestra especie”.

En el año de su muerte, 1954, Frida es fotografiada en el Hospital Inglés. Una enfermera le da la comida en la boca, mientras ella, tenaz, sostiene con una mano el pincel, y con la otra la paleta: la espada y el escudo.

También hay una carta escrita a Isabel Campos, en 1931 desde San Francisco, en la que se percibe la picardía y el humor de la artista: “La ciudad y la bahía son ‘padres’. El gringuerío no me cae del todo bien, son gente muy sosa y todos tienen caras de bizcochos crudos (sobre todo las viejas). Lo que es re suave aquí es el barrio chino, la manada de chinos son re simpáticos. Y no he visto niños más bonitos en toda mi vida que los niños chinos. ¡Bueno! Una cosa maravillosa, quisiera robarme uno para que lo vieras”.

“Pictóricamente Frida representó su dolor en todas las versiones posibles”, escribe Tibol. “Extraordinaria retratista, la serie de sus autorretratos es un ejemplo admirable de la expresión intensiva pero nunca repetida de un mismo elemento. Colocados uno tras otros los dibujos y pinturas de su rostro cetrino y cejijunto, con su gran mata de pelo obscuro, la frente alzada y el ovalo rotundo, casi viril, su conjunto exalta —como posiblemente no lo haya hecho otra obra de arte en el mundo entero— la condición humana de ser uno mismo y siempre diferente, idéntico y cambiante”.

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