Un mito senegalés en Buenos Aires

Un escritor mítico no es un escritor legendario –como insiste el mal uso del adjetivo–, sino uno que ni existe ni existió. Uno de esos autores imaginarios es el que se encuentra en el centro esquivo de La más recóndita memoria de los hombres, del senegalés francófono Mohamed Mbougar Sarr (Dakar, 1990). La novela, que ganó el Goncourt en 2021, busca torcerle el brazo a una vieja encrucijada de la literatura africana: ¿cómo evitar los lugares comunes del exotismo o de los relatos ancestrales?, ¿cómo lograr escaparle a las rancias limitaciones del nacionalismo estético y cobrar vuelo autónomo?

En la novela de Sarr se nombra a Borges y el grupo Sur, pero también se habla de Gombrowicz y Sabato

Son preguntas a las que, ya desde antes del boom, se enfrentó la narrativa latinoamericana, pero no solo por eso los lectores de este lado del mundo encontrarán en la novela de Sarr un aire de familia. Los seguidores de Roberto Bolaño pronto descubrirán –más allá del epígrafe inaugural– que Los detectives salvajes, novela insignia del chileno, es una guía poco menos que declarada. También La más recóndita memoria de los hombres está empapada del entusiasmo juvenil de los aspirantes a escritores que hay en las ficciones de Bolaño. Si en aquella obra se perseguía el paradero de una poeta mexicana (Cesarea Tinajero), aquí se rastrea el del elusivo T.C. Elimane, suerte de “Rimbaud negro” que a fines de los años treinta del siglo XX publicó en París un único libro (el inhallable El laberinto de lo inhumano), que fue primero celebrado por la intelligentsia y luego acusado de plagio. En efecto, el relato de Elimane, se dice, estaba totalmente conformado por párrafos ajenos, pero montados de tal manera que contaba la historia de un cruel rey africano. ¿Gesto vanguardista, denuncia solapada, maldición brujeril contra la metrópoli colonizadora? Como fuere, luego de la debacle Elimane se llamó a silencio.

Hay varios detectives literarios más o menos salvajes tras los pasos de ese autor al que Sarr dota –con ironía y exagerándolos– de muchos de los prejuicios occidentales, incluido el de amante libertino. El principal de esos pesquisas es el narrador, un joven escritor senegalés que, en su obsesión por Elimane, encuentra a una reconocida autora africana en la sesentena, que a la vez conoció a una crítica que, en su momento, escribió sobre El laberinto…, además de a una poeta haitiana que trató con el fugitivo en, de todas las coordenadas posibles, Buenos Aires.

La novela de Sarr está escindida entre dos culturas insoslayables, la africana y la francesa: se mueve entre el pasado lejano de la primera contienda mundial, el mundo editorial de entreguerras, el nazismo, el presente, lo vernáculo de una aldea africana, París, Amsterdam, Dakar… El apartado argentino –menor, pero sintomático– tal vez sea una extensión sentimental de la influencia de Bolaño, que tanto insistió en sus libros con referencias a la literatura rioplatense, a la que admiraba y entendía de manera bastante personal. Pero que Elimane –según la revelación de la poeta haitiana, criada en la Argentina– permaneciera veinte años en Buenos Aires, a la que usaba de base para buscar por toda América Latina a alguien misterioso, le permite también a Sarr hacerse de otras tradiciones en las que reflejarse. La obra de Elimane tiene puntos de contacto con el Pierre Menard, de Borges, y en la novela aparecen nombrados con precisión y ligereza Bioy, Mallea, Victoria y Silvina Ocampo (el narrador se permite sospechar en una línea un improbable trío con el senegalés). El foco, sin embargo, está puesto en otro lado: en el polaco Witold Gombrowicz (que vivió también dos décadas en la Argentina) y en Ernesto Sabato, supuestos amigos del lacónico Elimane. Como se sabe, Gombrowicz abogaba, contra el grupo Sur, por darle la espalda a tanto europeísmo. Esas pequeñas trifulcas de apariencia local no tienen nada de inocente: para Sarr son, claro está, una taimada y brillante declaración de intenciones.

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