La chica del Vaticano. Laura Sgrò es la abogada que reabrió el caso de una joven que desapareció hace 40 años

Dijo Charles Baudelaire y Kevin Spacey repitió en Los sospechosos de siempre para dar fin a la película dirigida por Bryan Singer: “El truco más grande que jamás hizo el diablo fue convencer al mundo de que no existe y así, desaparecer”. Algunos pueden suponer que se esconde en el sitio menos pensado y esas ideas no son contemporáneas. Tribulaciones históricas del Vaticano parecen haber tenido algo de diabólicas. Sobornos, delitos, papas padres, reinas pidiendo piedad para no ser decapitadas, excomuniones célebres (como la de Lutero), exorcismos puertas adentro, estafas y desapariciones. Un hecho en particular mantiene en alerta hace 40 años a la ciudad estado en medio de Roma. El 22 de junio de 1983, Emanuela Orlandi, de 14 años, hija de un funcionario del Vaticano cuya familia trabaja para la Santa Sede desde 1920, salió de su casa y atravesó la Porta Sant’Anna, que separa la ciudadela de Roma de la tierra del Papa para llegar a la iglesia Sant’Apollinaire, cruzando el Tevere, muy cerca de piazza Navona, para su clase de música. Promediando la tarde hizo un llamado a su casa. No comentó nada en particular, excepto que se le había acercado un hombre desconocido para sugerirle que distribuyera unos volantes a modo de publicidad por cierta cantidad de dinero. Como no estaban sus padres, su hermana Federica le advirtió que la suma ofrecida era muy alta. Avisó que a la salida de la escuela, el susodicho le daría los volantes y que ella los llevaría a su casa. Tenía que encontrarse más tarde con su hermana Cristina, a las 19.15, apenas cruzando el puente Vittorio Emanuele II. Como a esa hora no estaba en el lugar, Cristina decidió acortar camino e ir a su encuentro. Llegó a la escuela a las 19.20. Emanuela había desaparecido. Una compañera fue la última en verla. Rafaela Monzi dijo haberla dejado a las 19.10 en la parada del autobus que tomaba cuando no quería caminar. En menos de un cuarto de hora se había tejido la historia que aún no tiene solución.

El caso sigue sin resolverse. Tuvo algunas inesperadas y llamativas aristas: desde Juan Pablo II pidiendo en una de sus homilías de los miércoles personalmente a los captores que la liberaran hasta una supuesta participación de la KGB, pasando por el movimiento nacionalista turco de los Lobos Grises del que formaba parte el atacante del propio papa, Ali Agca; o la intención de ejercer presión sobre el Vaticano, al que la Banda della Magliana había prestado dinero destinado al sindicato polaco Solidarnosc. En las décadas que pasaron hubo miles de llamados anónimos, un par de supuestos agentes secretos arrepentidos; hasta la apertura de las tumbas de las princesas Sofía von Hohenlohe y Carlotta Federica de Mecklenburgo, fallecidas en 1836 y 1840, respectivamente, localizadas en el cementerio teutónico, intramuros en el Vaticano, hecho que tuvo lugar en 2019, apenas un año después de que la abogada Laura Sgrò tomara el caso a pedido de los hermanos de Emanuela, que no dejan de buscarla y reavivara las búsquedas.

La letrada italiana es especialista en litigios contra el Vaticano. Dueña de una intensa melena morena y de una presencia fuerte de actriz de cine italiano clásico, además de tener oficina en Roma, tiene otras dos bastante inconexas: Beirut y Buenos Aires (“para litigios normales de cualquier bufete de abogado”). Célebre por llevar adelante parte de la trama del VatiLeaks II, es considerada una de las 100 personas más influyentes de Italia por la tradicional encuesta de la revista Forbes.

Ella tomó la posta del caso Orlandi y desde entonces despejó la paja del trigo. Leyó 40 años de expedientes en un fin de semana. Reconstruyó el hilo de la historia de comienzo a fin. Descartó hechos que enturbiaban la causa. Alertó sobre decenas de pistas que no fueron consideradas. Consiguió el testimonio de una excompañera del colegio que relata una versión sobre un supuesto abuso sexual de un cardenal allegado al entonces papa Juan Pablo II y logró vincular la desaparición de una segunda joven en situación similar a la de Emanuela, Mirella Gregori, que tenía 15 años y desapareció el 7 de mayo de 1983, luego de atender una llamada telefónica en su casa, de un supuesto compañero de nombre Alessandro. Mirella le indicó a su madre que salía y volvía en 10 minutos. Nunca más se supo de ella. Su familia fue menos insistente que la de Orlandi y su caso retomó estado público gracias a las gestiones de Sgrò.

“Nací en Milazzo –relata la letrada en entrevista exclusiva para la nacion revista–, un pueblo de unos 60 mil habitantes, en Sicilia. La mía fue una infancia muy bonita. Todos nos conocíamos, había mucha solidaridad entre las familias, los niños jugábamos en la calle, íbamos solos a la escuela. Impensable ahora. Mis padres siempre han velado por mí y mis hermanos, pero a distancia, para hacernos crecer y madurar. A ellos les debo todo: mi carácter, mis certezas, mi tenacidad, la capacidad de levantarme después de las caídas. Tuve una relación muy especial con mi padre, quien falleció hace dos años, una pérdida irreparable. Ha sido mi mayor apoyo. Vivió durante 16 años en Brasil. Gracias a él comencé a amar y viajar por América del Sur. Él era curioso como yo. Y tenía un calibre moral muy alto. El respeto por los demás, el valor de la verdad y la honestidad fueron sus enseñanzas.

– ¿Cómo nació su amor por la ley?

– Eso también lo heredé de mi padre. Le hubiera gustado ser abogado, pero a mi abuelo le interesaba más comprar tierras que educar a sus hijos. Cuando tuve que matricularme en la universidad, le pregunté si hubiera preferido una hija, doctora o abogada, me contestó: “Prefiero que seas buena doctora o buena abogada”. Hiciera lo que hiciera, papá me habría apoyado, pero debía hacerlo hecho con compromiso, pasión y respeto.

Ya se había ocupado de la protección de algunas figuras públicas en Italia cuando Francesca Immacolata Chaouqui la nombró su abogada defensora en el segundo VatiLeaks, en 2015. Chaouqui, hija de un marroquí y una italiana, y casada con un especialista en informática, experta en relaciones públicas, fue acusada de filtrar los documentos junto al sacerdote Lucio Ángel Vallejo Balda. “Fue un proceso de impacto mediático mundial”, recuerda Sgrò. Luego asumió la defensa de algunos casos de pederastia que involucraban a prelados, tanto en el Vaticano como en Italia. “La protección de las personas frágiles e indefensas siempre ha estado cerca de mi corazón”, dice.

El caso de Emanuela Orlandi la devolvió a la escena internacional, al igual que haber asumido la defensa de Muguette Baudat, madre del joven guardia suizo pontificio Cédric Tornay que el 4 de mayo de 1998 fue hallado sin vida en el Vaticano junto al Comandante de la Guardia, Alois Estermann, y a su esposa, Gladys Meza Romero. La investigación fue cerrada rápidamente. El Poder Judicial del Vaticano determinó que Cédric había matado al comandante y a su esposa, y luego se suicidó. Pero la madre de Cédric, dudando de las investigaciones, lucha desde hace años por reabrir el caso.

El reciente libro de Sgró Sangre en el Vaticano es la historia en la búsqueda de la verdad en ese caso. “En 2019 asumí la defensa de la madre de Tornay. Después de 23 años de archivo, finalmente tuve acceso al expediente de investigación preliminar y el libro cuenta lo que descubrí. La madre nunca ha visto el expediente. Nunca ha visto las fotos de la escena del crimen, nunca ha podido consultar los informes periciales, en los que no participó. Las investigaciones fueron realizadas por los investigadores vaticanos de manera superficial y precipitada, quizá por descuido e inexperiencia, quizá deliberadamente. En las páginas también está mi relación con Muguette, lo que vivimos juntos, las dificultades por las que tuve que pasar. Y también está la denuncia que presenté ante la ONU contra la Santa Sede, por la violación de mis derechos humanos. De hecho, los magistrados del Vaticano me obligaron a ver el expediente en presencia de dos gendarmes, no pude extraer una copia. Se me ha impedido ejercer mi profesión, se ha violado el derecho de defensa de una madre a quien le han entregado la verdad de un hijo que se suicidó dos horas después de los hechos, pero a quien no han mostrado nunca los resultados de la investigación.

– ¿Cómo llegó a especializarse en litigar con el Vaticano?

– Por una serie de coincidencias. De hecho quería mudarme a Nueva York y especializarme en derecho internacional. En cambio, me mudé a Roma, hice una segunda licenciatura y un doctorado en derecho canónico y finalmente obtuve las calificaciones que me permiten ejercer en el Tribunal de la Rota Romana y en el de Apelación de la Corte del Vaticano.

– ¿Cuáles son las dificultades para litigar allí?

– Son múltiples. Se aplican códigos muy anticuados. Son los que estaban en uso en Italia cuando se estableció el Estado Pontificio en 1929. Otro problema radica en que tanto los Promotores de Justicia como los Jueces son nombrados por el Santo Padre. Esto plantea la cuestión de la independencia de los magistrados, que además no ejercen sus actividades a tiempo completo. Algunos, de hecho, son académicos y abogados en Italia. Esto también podría dar lugar a conflictos de intereses que no se superan fácilmente, así como a retrasos innecesarios.

– ¿Ha sentido miedo?

– Varias veces. Recibí amenazas durante VatiLeaks y muchas más desde que represento a la familia Orlandi. Una vez tuve la clara sensación de que alguien había irrumpido en mi casa cuando no estaba, varias veces fui consciente de que me seguían. No he cambiado mi forma de vida ni pienso hacerlo. Pero, claro, soy más cautelosa.

Sobre los VatiLeaks II, recuerda: “Fue un juicio muy intenso , en realidad fueron dos: uno adentro de la sala y otro afuera, donde se dijo todo lo que no se podía decir en la sala. Solo la punta del iceberg fue examinada en la corte. El mundo miraba lo que sucedía en el Vaticano a través del ojo de la cerradura”.

Chaouqui la pidió al Papa que la liberara del secreto pontificio al que estaba obligada como comisaria de COSEA, la comisión de estudio y orientación de la estructura económico-administrativa de la Santa Sede. El pontífice nunca respondió. “Desde un punto de vista profesional, fue una experiencia extraordinaria –sostiene Sgrò–. Fue como vivir en una Matrioska, sin saber en cuál de todas las muñecas estaba. Siempre había algo más grande cerniéndose sobre nosotros. La acusación fue desmoronada. Mi clienta fue absuelta de los cargos más graves, recibió una sentencia muy leve por el mero hecho de contribuir a la divulgación, cuya sentencia fue suspendida”. Para Sgrò debía ser absuelta en su totalidad.

– El caso de Emanuela Orlandi está abierto hasta el día de hoy. ¿Cuál es su lectura con lo que se sabe hasta la fecha?

El caso está más abierto que nunca. La desaparición de Emanuela es un agujero negro en la historia de Italia. El Vaticano está involucrado a través del ataque al Papa, la caída del banco Ambrosiano y sus actividades ilegales, el asesinato de Calvi, la historia de la pandilla Magliana, la financiación de Solidaridad para luchar contra el comunismo de Europa del Este. Y tal vez, sea precisamente por eso que hay fuerzas que se empeñan en no superarlo.

Según la abogada, en el caso Emanuela hay que “investigar la pedofilia dentro de los muros del Vaticano” y seguir la pista de la banda Magliana. “Nuestra idea es que el Vaticano tenía un problema y convocó a la Magliana para resolverlo. Es una hipótesis compatible con los relatos de aquellos años”.

– ¿Es usted católica?

– Sí, lo soy, aunque mi relación con Dios es bastante complicada en este momento.

– ¿Teme a Dios?

– No. Porque el Dios en el que creo es bueno, misericordioso, acogedor y perdonador. Y ni siquiera le tengo miedo porque, déjame decirlo con presunción, creo que tengo razón.

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