Enojos palaciegos detrás de la fiebre inflacionaria

Hay que dejarse de joder con las internitas”, se enojó Sergio Massa. Fue el martes, luego de que el Indec publicara que la inflación de febrero había sido del 6,6%. Sus interlocutores en la sede de Economía eran tres ministros. “No se puede seguir boludeando”, reforzó. El Frente de Todos tiene por delante definiciones clave: entre ellas ver cómo sumar más dólares y, a la vez, cómo tener menos pesos a la deriva.

El clima estaba caliente en el Palacio de Hacienda. El viceministro Gabriel Rubinstein y el secretario de Comercio, Matías Tombolini, fueron los elegidos ese día para dar explicaciones sobre los precios tanto desde la macro como desde la micro. El mensaje que se buscó dar fue claro: admitir el mal dato, culpar a la carne y asegurar que se mantendría la misma dirección de “ordenamiento fiscal y monetario” pese la presión política por las elecciones.

Por lo bajo, eran conceptos que chocaban con la diatriba en Viedma de Cristina Kirchner sobre la relación entre déficit e inflación. También contra los argumentos de Máximo Kirchner, que podrían resumirse en la contradicción sintetizada por el politólogo Lucas Romero: “Massa está haciendo un gran papel, pero hay que cambiar la política económica”. Difícil entender cómo se conjugan ambas cosas.

Unos días después de su vuelta de la reunión del G20 en la India, hace más de dos semanas, Massa ya tenía indicios de que el dato de febrero sería más alto que lo esperado por el viceministro Rubinstein. Tres meses atrás, a Rubinstein le daba un punto menos. No era fácil de asimilar: la inflación interanual llegaría al 100% tras 32 años. “No me pidan que guste, gane y golee. Yo vine a ordenar”, suele decir el ministro en estas semanas difíciles. Es una versión futbolística de la metáfora automovilística que solía usar tras reemplazar a Silvina Batakis: “Quiero estacionar el auto en el garage con la menor cantidad de golpes posibles”. Esa versión defensiva del relato massista volvió a imponerse.

El sábado 25 de febrero, tras reunirse con Kristalina Georgieva, el equipo de Economía había dejado trascender que analizaba una flexibilización de metas de acumulación de reservas y que el Fondo la presentaría ese mismo lunes. Esa nota no llegó por tres semanas. Las negociaciones se empantanaron. “Hubo combate y tensión”, contaron. El roce principal fue por la moratoria, ya que según Georgieva, tanto Alberto Fernández como Martín Guzmán se habían comprometido en el documento original del programa a no presentar nuevas en el futuro. El último staff report, con el proyecto ya en el Congreso, advertía sobre ese avance propuesto por el kirchnerismo más duro.

“No te vayas a dormir”, llegó el mensaje desde el Ministerio de Economía a las 22.39 el domingo pasado. A las 0.28 se contó lo que para Massa era un triunfo: “Habemus FMI”. El ministro se había asegurado, luego del pedido de Cristina Kirchner en Viedma, un cambio en las metas de acumulación de reservas. El encargado de esa negociación había sido el jefe de asesores del Ministerio, Leonardo Madcur. El ganador del Derby General San Martín del Club Alemán de Equitación, extraordinario jinete, y yerno de Guillermo Nielsen lograba evitar un waiver –o varios- ante el Fondo y “liberaba” dólares para evitar el ahogo de la actividad en elecciones. Algo no garantizado, porque divisas no hay.

Massa sentía que había despejado el problema de deuda en pesos con el canje –una alarma que se había encendido entre los mismos técnicos del Fondo – y ahora evitaba la “incertidumbre” de los incumplimientos frente al organismo por el efecto de la sequía. Pero, en su comunicado, el FMI clausuraba el programa de recompra de bonos con reservas e insistía en sostener la meta fiscal, acelerando la quita de subsidios. Se mencionó además a la “imprevista” moratoria. La Cámpora estalló con un comunicado que muchos interpretaron contra Massa. Para Economía, Máximo disparó contra Alberto.

El Fondo le reclamó al ministro “un sólido paquete de medidas para abordar de manera duradera los desequilibrios macroeconómicos y limitar las vulnerabilidades futuras”. Curiosamente, en Economía sienten que el joystick para este tipo de decisiones está más firme ahora que en el verano, pese a que muchas variables parecen haber empeorado. En los pasillos trabajan en un paquete macro –ya no acuerdos de precios– para dar previsibilidad aspirando pesos.

Entre las posibilidades, el Fondo habilitó un nuevo dólar soja. En el equipo técnico son cada vez más recurrentes en las últimas semanas las menciones a la CAM1 –la rueda cambiaria especial para el dólar soja-, pero ampliada a otros productos de exportación. Es una opción para sumar dólares con un tipo de cambio diferencial y pesos por retenciones.

Todo está en debate con Cristina Kirchner, con quien Massa habla dos veces por semana por teléfono y a quien ve cada 15 o 20 días. Juntos, dicen, critican a Miguel Pesce, presidente del Banco Central y amigo de Alberto Fernández.

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